Machismo en salsa: un plato indigesto

El machismo sigue siendo pan de cada día (Fuente: internet)

Desde pequeña me ha gustado cocinar, si bien ha habido épocas en la que no he sido muy entusiasta. Ahora estoy en el período de “me gusta cocinar… y no se me da mal”. Lo mejor es que hacerlo es un modo de agradecer la hospitalidad o de, muchas veces, hacer un trueque. Y curiosamente, meterme en los fogones me ha permitido ver que el machismo no tiene fronteras.

Sea que se tratara de simples arepas, de pasta con salsa de tomate, de risotto o de lentejas; y sin impotar la nacionalidad, la ubicación (a uno y a otro lado del gran charco) ni el oficio (informático, filósofo, empresario o músico); el comentario es el mismo: “¡Ah, sabes cocinar. Ya te puedes casar“. Ni el coeficiente intelectual ni otro tipo de sensibilidad cuenta.

Las primera vez ni siquiera reaccioné. Ya después, cada vez que la escena se repetía pensaba: “¡Qué comentario más estúpido! Ahora, como quién utiliza un arma a su favor, he empezado a decir: ¡Ya me puedo casar!”… o, la variante que más me gusta: “¡Ah, pero sabes cocinar. Ya te puedes casar!”. Obviamente, esta interacción es siempre con hombres, a quienes, “curiosamente”, no les da gracia la frase. Me pregunto por qué no valoran el feedback positivo.

En cambio, las mujeres no decimos este tipo de cosas…. al menos que seamos exponentes y “víctimas” del machismo. Las mujeres, y cualquier ser humano sensato, van más allá: pide la receta y demás detalles de preparación.

Así tan banal y anecdótico como puede resultar, ese “sabes cocinar…” pone en evidencia un sistema de valores que coloca la mujer en posición de servidumbre, sujeta a un hombre. Por si fuera poco, remite también a la creencia de que el valor de una mujer tiene que ver con su capacidad de desempeñar los quehaceres del hogar.

Mas si a ver vamos, sin pensar en machismo ni en femeninismo, el peculiar cumplido —porque partimos de la presunta “buena intencion”— entra en la categoría de los sinsentidos.

Que un ser humano, del género que sea, se las apañe para cocinar demuestra, principalmente, que puede hacer que los alimentos pasen de un estado a otro, para luego comérselos. Por consiguiente, podrá morir de cualquier cosa menos de hambre. Aquí ni hormonas, ni cromosomas ni organos genitales hacen la diferencia.

Cocinar bien, entonces, no denota el deseo de ser, como cantaba Ella baila sola, una “mujer florero“. Hoy menos que nunca, ninguna mujer diría que su realización personal pasa por limpiar, cocinar y satisfacer todos los apetitos de un hombre.

Pero ojo, aquí el problema no es lo enunciado, sino lo que subyace detrás. El machismo legitimado sirve de marco, y casi de alibí, para que la violencia de género tenga lugar, aquí, allá y acullá. Cuando el abánico de gestos, incluso inocentes, refuerza el paradigma machocentrista solo puede quedar un mal sabor de boca.

Porque el machismo es el ingrediente principal de la violencia de género; y, al mismo tiempo, la violencia de género refuerza el machismo. Por lo tanto, el maltrato, en todas sus formas, que sufren/imos las mujeres no puede entrar en la categoría “asuntos de alcoba” o en “hipersensibilidad femenina”, ni mucho menos banalizado con la etiqueta de “feminazismo”.

 

Comments: no replies

Expresa tu opinión