El último refugio: En busca del paraíso perdido

El último refugio mucho más que la crónica de un viaje a un destino inusual es un rito de iniciación

Dicen que la distancia ayuda a mirar mejor, y así lo confirma la publicación del primer libro de David Ortega, El último refugio: En busca del paraíso perdido, quien esperó casi diez años para compartir sus aventuras en Alaska, donde encontró eso que había soñado desde siempre.

Sin embargo, la vía que condujo a David desde España a Alaska no fue una línea recta. Antes estuvo en el Tibet, donde, en lugar de lo que buscaba, halló los indicios que lo llevaron a tierras inhóspitas, mas no por ello estériles.

Al vasto terrritorio del hemisferio norte, en medio de la naturaleza salvaje, David llegó cargado de preguntas y bien abrigado. Mas para hacer el recorrido con él no es necesario cubrirse con pieles ni usar botas de nieve, para poder resistir el frío. Todo lo contrario: la única condición es, como el mismo autor y protagonista hizo, despojarse de lo accesorio y quedarse con el espíritu y la mente listos para visitar parajes donde es posible fundirse con la naturaleza salvaje y recobrar, así, la auténtica libertad que la llamada “civilización” nos ha robado.

El último refugio: En busca del paraíso perdido es el testimonio de una aventura, de una exploración, de un periplo físico y de un viaje interior, para “tocar el vacío”. Solo así es posible “conocer todos los aspectos fundamentales de la vida. Lo que de verdad importa, significa y perdura en el escaso tiempo que tenemos”, como afirma David.

Esta obra es claramente fruto de la introspección y del movimiento, o de la primera a través del segundo. No se trata de una guía turística. Nada más lejos de eso. De hecho, en la parte final del prólogo, puede leerse: “Las condiciones para realizar un viaje transitan el sendero del autoconocimiento… y son: la soledad (la compañía de otra persona que conoces bien te protege y no siempre se puede romper ese escudo), el anhelo por saber más (filiación con el conocimiento) y la disidencia activa (recorrer senderos no marcados que inspiran aventura)”.

A continuación, algunos fragmentos de uno de los capítulos de El último refugio: En busca del paraíso perdido :

“Seguimos andando hacia la nada, donde ya no hay cabida para la razón. Y mientras seguía los pasos de Clay, miraba las huellas que dejaban sus botas… Cuando me sobrevino una idea tremebunda.

«¿Y si este tío me quiere fulminar?».

Pensé en eso que le dije de pegarme un tiro, del tono que empleé, de su sonrisa por momentos mezquina, y me puse en lo peor.

«¿Pero por qué tan lejos? Porque…».

Luego me reí y comencé a prepararme para dar respuesta a un movimiento brusco. Aceleré el paso y me pegué a su espalda para que no pudiera encañonarme. Fui cada vez más consciente del momento y de lo que tenía que hacer. Repasé mentalmente una y otra vez todas las variantes posibles incluso si el clima y el terreno cambiaba. Estaba preparado para la acción y para salir del embrollo matando con mis propias manos si hiciera falta. Y es que Clay cada vez me parecía más extraño, a veces ralentizaba el paso (cosa que me ponía nervioso) y giraba la cabeza ostensiblemente de un lado a otro.”

De pronto, se detuvo en seco. Se giró para ver dónde estaba, cuando mis pies ya volaban de un salto para derribarlo. Pero se adelantó. Puso su dedo índice en la boca y silbó.

Entonces, algo salvó la situación. Escuché cómo la escasa vegetación se movía delante de nosotros. Eran caribús. Caminamos hasta ellos más despacio que nunca y cuando los tuvimos a unos diez metros, me di cuenta de que eran los mismos caribús que habíamos avistado anteriormente. Así que, efectivamente, se trataba de una cacería y yo no era el que estaba en peligro”.

 

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