Negrito: la palabra prohibida

crayon negro

Yo no soy seguidora del fútbol, por mucho que me emocionen los triunfos de La Vinotinto (y lamente sus derrotas). Sin embargo, cuando leí que el futbolita Edinson Cavani, uruguayo que juega en el Manchester United, había recibido una multa cuantiosa por escribir: “Gracias, negrito”, algo en mí se movió.

Según la Federación Inglesa (de fútbol) aquellas dos palabras eran una expresión de racismo. De nuevo, la “Political correctness” (políticamente correcto) anglosajona viene a sentar cátedra sobre lo que está bien y lo que no tanto.

Yo estoy muy lejos de ser blanca y puedo, además, relatar en primera persona episodios de discriminación racial.

Sin embargo, quizá como una “revancha personal”, o una reconciliación con la herencia africana que tengo, ahora me encanta que me digan “negra” o “negrita”; y con igual afecto le digo “negr@” o “negrit@” a algunos seres queridos. ¡Sin incomodidad ni miramientos

Porque lo que cuenta es la intención. El contenido sobre la forma.

En Italia, cuando participé en un proyecto para sensibilizar a estudiantes de secundaria sobre la inmigración, frecuentemente, les explicaba que en español, al menos en Venezuela, decirle a alguien “negro”, “negra”, “negrito”o “negrita” no es un insulto. A manera de provocación, añadía: “Claro, si le dices negr@ de mie… es, definitavemente, ofensivo”.

Asumir que negr@ y todas sus variantes es un vilipendio sería como considerar que decirle “blanc@” o “rubi@” (en Venezuela decimos “catire/catira”) es un cumplido o un elogio, y no la simple definición de una característica física que solo habla de la presencia o ausencia, en mayor proporción, de melanina en la piel.

Peor me resulta el uso de eufemismos. De todos ellos, el que menos me gusta es “persona(s) de color”, porque todas las personas tienen un color, incluso aquellas con piel blanca fosforescente o fantasmagórica. Nadie es transparente. Estas posturas llenas de diplomacia me inspiran desconfianza (rayana en el desprecio) y me hacen pensar en un racismo velado, que se evidencia en la incapacidad de llamar las cosas por su nombre.

Inmediatamente me vienen a la mente algunas canciones que me gustan como “La Negra Tomasa”, —compuesta en Cuba y popularizada por la banda mexicana Caifanes— y “La negra tiene tumbao”, de Celia Cruz”. ¿Habrá que modificar las letras o cobrarles una multa a los cantantes (en el caso de Celia no sé qué harán, visto que ya está muerta).

Buscando información para escribir este post, he descubierto la existencia del término “negrofobia” y de los movimientos en España para crear un afrodiccionario.

Quizá tenga que ver con diferencias regionales. En este sentido, a propósito de la sanción a Cavani, la Academia Argentina de Letras  emitió un comunicado que reza: “Cualquier usuario de nuestra lengua en esta parte del mundo entiende que esa palabra, utilizada en el contexto que ha dado lugar a la medida punitiva, posee un claro sentido afectivo, por completo exento de cualquier matiz discriminador o racista”.

En cuanto a mí, sigo sucribiendo la acepción de la RAE, que señala: “Negro: m.y f. And. y Am.U. como voz de cariño entre casados, novios o personas que se quieren bien”, porque el negro es un color… y el blanco también. ¡Por fortuna a mí no me pueden multar!

 

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