Pasta a la africana

Un edificio anónimo, en el oeste de Roma,  lleno de cientos de historias con origen lejano

África más que un continente es un conglomerado de submundos, según –palabras más, palabras menos- decía Ryszard Kapuściński en su libro Ébano. Después de haber estado allí innumerables veces, entre 1957 y 1990, él podía decirlo con toda propiedad. En mi caso no puedo suscribirlo, si acaso imaginarlo, porque en África sólo he estado una vez y por apenas cinco días, en los que tuve poca interacción con los lugareños. De ese viaje a Marruecos, lo más memorable fue haber estado, por motivos que no vienen a cuento, en la casa de quien decía ser un ex presidiario; y compartir con una niña de unos once años que, en un descuido, nos robó 250 dírham marroquí (equivalentes a unos 25 euros, mas suficiente para pagar una noche en el hotel).

Pero es aquí en Italia donde, irónicamente, tengo un acercamiento jamás imaginado a la diversidad africana; en particular a la de la llamada ‘África negra’ o África subsahariana. Es ahora cuando, –y por más de dos semanas–, he estado compartiendo la cocina (incluyendo las ollas ya quemadas y demás utensilios), el comedor, el baño y las áreas comunes de un centro de accoglienza (centro de acogida), gestionado por Caritas, con más de una veintena de mujeres provenientes de: Eritrea, Nigeria, República del Congo, Mali, Costa de Marfil, Somalia, entre otros; pero también con una iraniana, una siriana  –quien me regaló una chaqueta (nueva) de invierno– y una tibetana. Vale decir que jamás había conocido a alguien del Tibet. Y salvo el Dalai Lama y la película Siete años en el Tibet, protagonizada por Brad Pitt, no son muchos las referencias que tengo de esos parajes.

Es también aquí en Italia cuando comparto la habitación, –en la que sólo hay espacio para una litera, dos sillas, un armario grande (el suyo) y dos armarios pequeños apilados (los que he estado usando)– con una nigeriana. Su nombre es Jacinta y tiene 32 años recién cumplidos, aunque por su estatura y sus dimensiones luce mayor…que yo. Ella ha estado en el centro por dos meses y espera reunirse en algún momento –dinero y circunstancias favorables mediante– con su esposo, quien se encuentra en Austria. Por fortuna, sus documentos están en regla. Sin embargo, son muchas las que todavía están a la espera de recibir la documentación, por parte del gobierno italiano, (algunas por concepto de asilo político, otras por reunificación familiar y así).

Ayer, al enterarse de que este sábado me voy del centro, Jacinta se sorprendió. Le dije que trabajaré para una familia en Toscana, pero esto es una media verdad…o una media mentira: Voy a la casa de mis amigos en Cortona, a refugiarme por unos días, a buscar un poco de contención emocional, aire fresco y comida vegetariana…a cambio de ayuda en los quehaceres del hogar. Un poco consternada, ella dijo que me extrañaría. Yo no pude decir lo mismo, si bien me parece que Jacinta es una mujer noble.

‘Yo le recé a Dios para que llegara alguien como tú’, me soltó luego…y me conmovió. Yo también había pedido protección divina cuando sabía que viviría en este lugar. La imagino arrodillada, en el suelo, y con las palmas entrelazadas sobre la cama –como suele ponerse al menos dos veces al día, cada vez que ora– pidiendo tener una roomate tranquila. Una vez más, la plegaria se repetirá, pero ahora, también yo, desearé que ‘la nueva’ sea una buena persona. Jacinta lo merece…y estoy  segura de que ‘la gracia de Dios’, como ella siempre dice, así lo permitirá.

El turno de limpieza cambia cada fin de semana

Esperemos también que esa inquilina pueda ser la amiga, la ‘sista’ (sister), la compiche que yo no fui…y  que su estadía sea un poco más larga que la mía. En mi caso, sin ánimos de presumir, creo que figuraré como una de las ‘huéspedes’ con la estancia más fugaz; especialmente, si se toma en cuenta que hay quienes han estado aquí por casi dos años. También puede que, en alguna medida, yo esté huyendo,

Si esto fuese un film hollywoodense, yo habría terminado siendo la mejor amiga de todas, pero esto no es una peli con Whopi Goldberg, Halley Berry, Viola Davis y Oprah Winfrey, entre otras, como parte del casting. No obstante, sí me hubiese gustado cocinar arepas (típicas de Venezuela) para ellas y hasta enseñarles a bailar salsa, así como probar comida de sus países y aprender alguna danza africana. Pero este sitio no me agrada, si bien es limpio, tranquilo y la zona es bonita. Tampoco he escuchado peleas, no he visto ni tráfico ni consumo de drogas, ni me enterado de situaciones denigrantes.

¿Qué puedo decir de ellas? En su mayoría, son amables y buena gente, me atrevo a decir…Y les encanta cocinar con un sazonador rico en glutamato monosódico. ¿Y yo? Para mí, estar aquí roza el surrealismo. Me siento como una infiltrada. Sin embargo, después de todo, como ser humano y como periodista, esta es una oportunidad valiosa para conocer una realidad totalmente diferente. Estas no son las inmigrantes ‘cool’ estándar, si bien como todo inmigrante buscan mejores condiciones de vida. Y, sorprendentemente, esta experiencia me ha permitido descubrir, y sin orgullo alguno, que hasta yo padezco de ese molesta visión eurocentrista –con todo y que soy venezolana– de las cosas. Y el ‘eurocentrismo’, para decirlo sin ambages, es una expresión ‘sutil’, casi naif, de discriminación, incluso de  racismo…Y viniendo de alguien que ha sido discriminada por ser mulata, como yo, es una paradoja, cuando no una contradicción. Tómese esto como mi acto de contrición.

Confieso que más de una vez me he descubierto pensando: ‘Estas mujeres no tienen consciencia ambiental y por eso malgastan el agua’, ‘ellas ignoran esto o aquello’, ‘seguramente en su país…’ y hasta ‘el olor (casi hedor) tan fuerte que tienen debe ser producto de su química corporal’. Y la verdad es que, si derrochan el agua lo hacen no por ser africanas (a bastantes europeos, asiáticos y latinoamericanos he visto hacer lo mismo). Y si hacen algo de un modo u otro, o tienen alguna costumbre que me resulta ‘particular’, es mi punto de vista lo que, quizá, deba ser ajustado. Tal vez para ellas, la avena (sin leche ni azúcar, con un toque de nuez moscada y de canela, y mezclada con alguna fruta) que desayuno, todos los días, debe semejar el plato típico de una alienígena. Por supuesto que no entro en detalles sobre los beneficios de este cereal, ni les digo que la medicina ayurvédica –cuyos principios trato de seguir– la recomienda ampliamente. No, no se trata de hacer las veces de predicadora. Es más bien, al mejor estilo de ‘laissez faire’, ‘let it be’, ‘dejar ser’.

De cualquier modo, me quedaron tantas preguntas por hacer. La barrera idiomática no ayudaba y tampoco quise sentarme, de la nada, a interrogarlas. Me hubiese gustado saber, por ejemplo y sin morbo alguno, si habían sido sometidas a la ablación, cómo vivían en sus países, cómo funcionan (o no funcionan) las cosas entre hombres y mujeres en sus sociedades, cómo y por qué arribaron a Italia, cuáles son sus sueños, etcétera.

También, curiosamente, por primera vez en mi vida, no soy yo la más negrita, sino una de las más ‘claritas’…y se siente raro. Pero casi como siempre, soy una de las pocas, que lleva el cabello natural. Léase: despeinado, sin pelucas ni extensiones, sin recurrir a productos para alisar, y ni al secador ni a la plancha. Cabe destacar que, al menos dos ellas usan hijab (el velo islámico). Al final, ellas podrán provenir de algún confín remoto, pero no dejan de ser mujeres deseosas de lucir atractivas. Y esto, aunque obvio y sensiblero, me resulta hermoso: Nuestra semejanza en la diversidad.

Comments: 1 reply added

  1. Morris October 25, 2014 Reply

    Thank you for a Beautiful Tasteful EUro-African Insight :) Gracias por un buen gusto Insight euro africana hermosa :)

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