Con el viento en popa

Vivir en un barco es sinónimo de libertad y de mucho dinero para mantenerlo

Tenía claro que era la hora de mudarse y no sólo porque mi anfitriona no podía hospedarme por más tiempo. Era un llamado interno. Ese apartamento ubicado al lado de las vías del ferrocarril había dejado de ser mi lugar. Y si bien ya me había acostumbrado al ruido –pasan trenes tanto de pasajeros como de mercancías casi todo el día –, el hecho de mudarme, de nuevo, no me producía sino dicha. Pero debo decir que, después de tres meses de vivir ‘al lado del camino’, como diría Fito Páez, terminé siendo a ratos un poco ‘voyerista’ (en un sentido no literal) y un poco ‘exhibicionista’ (ni tan literalmente) también. Y no podía ser de otro modo, pues desde mi ventana podía atisbar a quienes llegaban o partían de Roma, presumiblemente desde el aeropuerto Leonardo Da Vinci; y ellos podían observarme, aunque fuese por pocos segundos. Me verían, imagino, tendiendo la ropa, tomando un poco de aire, desayunando en pijama o con la toalla puesta después de salir del baño…Pero después de unas semanas ya ni me importaba. Ahora, ese apartamento, donde tuve la oportunidad de conocer a los vecinos más amigable que he tenido en toda mi vida (tres calabreses treintañeros, para más señas), es historia.

Aunque el agua es sucia, el paisaje es de pintura

Mas lo que vendría después era difícil de imaginar, incluso para los más románticos. Ahora no son trenes, pero sí lanchas las que veo pasar a diario. Y en lugar de rieles ferroviarios están las aguas del río Tíber, siguiendo su curso al Mediterráneo. Y ahora es un camarote lo que entiendo por ‘habitación’, ésa que –momentáneamente– comparto con tres hombres: un español; tan quejica que me resulta divertido, un neozelandés; que a sus 18 años se confiesa de derecha, conservador y anti-inmigración (¡sin comentarios!), y un escocés; que duerme aquí mientras remodela su barco. Tampoco soy una huésped, pero sí parte de una tripulación ad-honorem; a pesar de que el barco, por estos días, se mantiene fondeado y quién sabe si tendré el chance de estar en alta mar. Sea como sea, esta experiencia es todo un descubrimiento. Es una invitación a adaptarme a nuevas dimensiones y funcionalidades (mis respeto a los arquitectos navales, que no desaprovechan rincón alguno); y a acostumbrarme al movimiento: aunque no se sienta, estamos siempre oscilando…Como la vida misma.

Ésta es, además, una posibilidad de tener una idea de lo que para otros en un modus vivendi. El otro día, Steve, el escocés dueño del Queen of África (ése es el nombre de la embarcación), me explicaba un poco sobre los contratos laborales: Usualmente establecen intervalos de dos, cuatro o seis meses en altamar y otros tantos en tierra firme. Él, –capitán de profesión con formación como ingeniero naval–, quien ahora espera una llamada para volver al timón, prefiere el contrato de dos meses y dos meses, por un año. Y Sandra, su novia y co-propietaria del barco, una lituana que ha trabajado como azafata de yates, me explicaba que la belleza es un atributo preciado para trabajar a bordo… limpiando (cabinas, áreas comunes y baños), sirviendo comida y lavando ropa, etc. Y le creo. No sólo porque ella se ha desempeñado como yacht stewardess, sino también porque ella es una ex-modelo. Precisamente, ayer, me decía que los millonarios rusos, quienes se cuentan entre los mayores poseedores de yates, no dejan pasar kilos de más, incluso si se trata de hombres.

Y en la dársena descubro otro microcosmo. Ésta donde me encuentro es un negocio familiar fundado hace 50 años. Aquí las embarcaciones además de estar atracadas, pueden ser reparadas y remodeladas; así como compradas, vendidas y alquiladas. Aquí funciona, igualmente, una escuela de vela. Y la gente que conozco, al saber que soy venezolana, me dice que ha estado en Los Roques, en Margarita y en Coche. Lo mismo han estado en Aruba, Cuba, Panamá, Miami, Canadá, Grecia, las Islas Canarias, Marsella y las islas Baleares, entre tantos otros destinos; porque para ellos cruzar ya sea el Atlántico o el Pacífico es la cosa más normal del mundo. Esta claro que salvo el personal del muelle y el del restaurante, aquí casi todos son pudientes. Y no he escuchado a ninguno hablando de los cientos de miles que mueren cruzando tanto el estrecho de Sicilia como el de Gibraltar. Me pregunto si alguna vez habrán coincidido en el mar, porque al final todos estamos en el mismo océano; aunque claro está que algunos viajan con más comodidades que otros. Yo, de nuevo, estoy viendo los toros desde la barrera, aunque en este caso sería ‘viendo los barcos desde el embarcadero’.

Comments: 5 replies added

  1. Astrid June 2, 2015 Reply

    Increíble experiencia.. Además de la idea de acostumbrar al cuerpo a vivir en una cama donde te volteas sobre ti misma

    • Mela J.H.R. June 3, 2015 Reply

      A veces ya hasta se me olvida que estoy en un barco...¡¡Somos, definitivamente, animales de costumbre!!

  2. Jenny Rodriguez June 4, 2015 Reply

    Ni me imaginaba que uno podia vivir en un barco; definitivamente, te gusta los riesgos; estoy confianda que nuesto Dios Todopoderoso tiene el control absoluto de mi vida.

  3. Mela J.H.R. June 13, 2015 Reply

    Lo que me gusta no es el riesgo, sino tener nuevas experiencias...y si son pocos comunes, mejor :P

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