Hare Krishna, Hare Krishna

Las figuras de estas deidades están presentes en el  templo del ashram Hare krishna

Otro tren más. Pero esta vez, por primera en mi vida, fue uno nocturno –léase que los asientos pueden convertirse en cama– desde Roma hasta Siracusa, en Sicilia. Mis compañeras de compartimiento eran dos señoras mayores, italianísimas y simpatiquísimas, que hablaban de sus respectivas proles, y una china con la que apenas crucé palabra. Luego, una vez en la isla, tomé un autobús para llegar a Pozzallo, en el extremo sureste, a la orilla del canal de Malta. En total: poco más de 15 horas de viaje, con espera incluida. Ni hablar del cansancio, del hambre, de la sed … y de mi vejiga a punto de estallar.

Dos días atrás había sido otro el tren: uno de Florencia a Roma; uno que simbolizaba el cierre de mi estadía de 24 días en un ashram Hare Krishna –trabajando como voluntaria y llevando una vida comunal: habitación compartida con al menos otras siete voluntarias y dos baño compartido con hasta otras veinte mujeres-; y que simbolizaba, además, el retorno al mundo real o al mundo ilusorio, según el punto de vista. Un tren que tomé siguiendo un sueño: No uno de los tantos que tengo en estado de vigilia, pero sí uno que tuve estando dormida.

Un tren que desandaba también la misma ruta de principios de agosto, cuando decidí ir a Villa Vrindavana –así se llama el complejo Krishna–, ya no para (re)encontrar a la divinidad que siempre ha estado allí, pero sí para encontrar un poco de paz interna…¿Qué si la hallé? A ratos parecía que sí, pero en pleno viaje a Sicilia, con más de una hora de retraso, no podía sino sentirme impotente e impaciente. Cero paz interna. No importaba mucho entonces que esa voz interna me susurrase: ‘Relájate, negrita, no hay mal que por bien no venga’. Yo solo quería rebobinar la cinta y regresar a la estación central de Napoli y sacar del tren, a patadas, a aquel hombre que pretendía viajar sin pagar y por cuya causa estuvimos detenidos una hora. En ese momento creo que ni agarrar el japa (el rosario de 108 cuentas que usan para meditar) y hacer las 16 rondas que –por precepto religioso– deben hacer cada día y recitar el mantra: ‘Hare Krishna/ Hare Krisna/ Krishna Krishna/ Hare Hare/ Hare Rama/Hare Rama/ Rama Rama/ Hare Hare’ hubiera sido suficiente. Y, como siempre, me quedé con el sinsabor de saber que lo habría podido manejar mejor.

Era sólo retórica. Porque si bien en el ashram Hare Krishna, un sitio idílico como el que más, hay mucho que hacer: Administración, jardinería, cuidado de las reses, limpieza, mantenimiento general, cocina, entre otros; es cierto que -en la lejanía de la ciudad, en el claustro voluntario, en el ascetismo- las cosas son un poco más sencillas.

Otra pregunta me es inevitable: ¿Cuán cansado del mundo material/materialista ha de estar una persona para decidir dejarlo todo en aras de venerar a alguna deidad? Y aunque no todos lo digan abiertamente, es fácil intuir que hubo un pasado bastante menos luminoso, antes del encuentro con la divinidad teñida de azul.

Sin embargo, la renuncia no siempre es menester. En una ocasión, durante el ‘harinam’, cuando cantábamos, a viva voz, y bailábamos el mantra por las calles de Florencia, conocí a un inglés que se ofreció a llevarnos de regreso a Villa Vrindavana. Creo que, por esos días, él estaba quedándose allí. Y para mi sorpresa, su carro resultó ser un BMW…y pensar que nunca antes me había montado en uno.

Quizá como el personaje de Julia Roberts en ‘Come, reza, ama’ –más de una vez me sentí como ella en su paso por un templo en la , hasta por el hecho de ser periodista también–, aparte de otros aprendizajes, para mí se trata de constatar que es el punto medio en donde quiero vivir. Ni tan etérea ni tan terrena, ni tan material ni tan espiritual (aunque puesta a elegir me quedo con lo segundo); ni tan pecadora ni tan santa; pero, definitivamente, ni jueza ni víctima, trascendente e inmanente, imperfecta pero perfectible…Humana, ciertamente humana.

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