Lecciones de la emigración

Cuando agarras las maletas no puedes imaginar lo que te aguarda

De nuevo, la procastinación y todos sus monstruos hicieron que aplazara la escritura de esta entrada. Que si estaba muy ocupada, que si las palabras huían o que si tengo la atención puesta en Venezuela (mi país de origen). Hoy, finalmente, decidí sentarme y compartir parte de lo que he aprendido al vivir en el exterior.Esta experiencia migratoria, -la segunda, después de haber estado una temporada larga en Barcelona-, ha sido ‘interesante’ y retadora..Y heme aquí, tratando de resumir en pocas líneas lo que ha sido un lustro de vida, trascurrido entre Irlanda e Italia. ¿Qué cosa me ha enseñado ‘Maestra vida, camará’?

1.-La vida te sorprende…si te dejas sorprender

Cuando la gente me pregunta ‘¿por qué elegiste Italia?’, alzo los hombros y respondo: ‘Yo no elegí a Italia, ella me eligió a mí’. Cuando llegué vine como mochilera y mi intención era estar aquí sólo tres meses. Tiempo en el que recorrí el país desde Venecia hasta Sicilia…Y Dios y la vida quisieron que no regresara a Dublín, donde vivía. En ese momento comenzó el verdadero viaje, uno que me ha llevado a descubrir tantísimas realidades y, sobre todo, a conocerme más… y a empezar a amarme.

2.- Un mundo, muchos mundos

Mientras que los devotos de Krishna se preocupan por recitar 16 veces al día el mantra Hare Krishna, 108 veces, sin descuidar sus obligaciones dentro o fuera del ashram; en el astillero la gente habla de velas y de timones, de los viajes que harán (o que ya hicieron) y de las regatas en las cuales competirán (o han competido).

Mientras en la ecoaldea, hablan de masa crítica, consumo responsable, agricultura alternativa y de energía sustentable, en el hotel del sur de Italia, donde temporalmente se alojaban las pacientes de un geriátrico, las viejitas hablaban de morirse y los dueños sobre cómo salvarse de la bancarrota.

Ni hablar de las historias de las familias/amigos que me han hospedado en su casa y que  me han ayudado a mejorar mi italiano y a familiarizarme con la cultura italiana. He sido testigo privilegiada de cómo la vida se expande, se encoge, muta, cambia de forma y color según la circunstancia y el entorno. No hay un modo único y estándar de vivir la vida.

3.- Lo que no te destruye te fortalece

Cuando le cuento a la gente cómo pasé de ser ‘turista’ (prefiero la palabra ‘viajera’) a residente, en medio de condiciones adversas y contra todo pronóstico, me dicen: ‘¡Qué fuerte eres!’ Y la verdad es que no se trataba ni se trata de ser fuerte, sino de no de que no tenía otra opción. Podía llorar y patalear, cosa que hice, pero al final tenía que hacer de tripas corazón y seguir adelante. Un día la vez, con la frente en alto, con paciencia y con fe.

Y en todo momento me ha confortado el apoyo de mi familia y de mis amigos, casi todos en la distancia…así como pensar que lo que podía parecer una desgracia era y es una bendición oculta (a veces hasta enterrada). Hoy también sé que una debilidad puede ser también una fortaleza, así como quienes al carecer de un sentido desarrollan otro.

4.- Sola no, estoy conmigo

Hace ocho años, la primera vez que viaje sola, en el hostal donde me quedé algunos días, en Buenos Aires, un chileno de unos cincuenta años que viajaba con su esposa, me dijo: ‘¡Pero viajas sola!…¿No te gusta la gente?’ En ese momento quise contestarle, a manera de provocación, que era hija de Hannibal Lecter, el sociopáta de El silencio de los inocentes. No obstante, utilicé la sonrisa cordial que tanto me ayuda a evitar conversaciones indignas de sostener.

La verdad es que me encanta la gente, así como me encanta estar conmigo. No obstante, si bien he viajado muchas veces sola y me he mudado de país sola, más de una vez, no puedo decir que estoy sola. Conmigo va mi país, mis tradiciones y costumbres (si bien puedo pasar hasta seis meses sin comer arepas), el amor de mis amigos y de mi familia, la fuerza de mis ancentros (especialmente las mujeres de mi familia), mi ángel de la guardia, Dios (el Gran Espíritu)…y en mi corazón encuentran espacio también las personas y lugares que conozco, pues al final el corazón es un músculo bien elástico.

5.- Flexible y enfocada

Antes de llegar a Italia no sabía, o al menos no era del todo consciente, que yo era ‘determinada’ (a los italianos les gusta mucho este adjetivo).  Mi determinación no es ni ha sido sólida e inamovible. Por el contrario, ha tenido que ser maleable, moldeable y dinámica.

Aun conservando mis sueños y objetivos, tengo claro que la vida tiene su propio plan. Me guste o no, lo entienda o no. Y es más fácil (y mucho menos doloroso) cuando se fluye y se nada con la vida, que no es lo mismo que dormirse y ser llevado por la corriente. Ahora estoy más abierta a las posibilidades y también a soltar (y a liberarme) sea de las personas, de las cosas y de las situaciones. Sé también que todos los caminos llevan a Roma…y ya estoy en Roma.

6.- El viaje continúa

¿Qué encontraré al final? No lo sé y no es tan importante. Y no lo es porque el viaje lo he venido haciendo día a día, desde mi nacimiento (o mi reencarnación, para ser más precisa).

Según Silvio (Rodríguez): ‘Al final de este viaje en la vida quedará/ nuestro rastro invitando a vivir./Por lo menos por eso es que estoy aquí…’ Para mí, a pocos días de cumplir 36 años, puedo decir que lo importante es escucharme, seguir mi corazón (y mi intuición) y ser fiel a mi misma. Ya lo decía Agrado, el transexual de Todo sobre mi madre:  ‘Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma’.

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