Viajar a Latinoamérica… volver a las raíces

Viajar a Latinoamérica

Viajar por Latinoamérica, en mi caso regresar al “continente madre”, después de casi siete años en Europa más que un sueño de vieja data era una necesidad. La necesidad de (re)conectar con esa que llaman “la tierra”, si bien no necesariamente se trate de las mismas coordenadas natales, sino de las de Brasil (14.2350° S y 51.9253°).

Es un necesario reencontrase con las raíces que empieza, y no es poca cosa, por pasar por local, por recuperar el bajo pérfil y, sobre todo, por no ser “exótica”. Por no contar con las miradas ajenas preguntándose de dónde vengo… y es una sensación agradable esa de camuflarme entre la gente, para quienes soy una de ellos, si bien no hablo su idioma. De hecho, por muy mulata que yo sea, según los brasileños soy una “gringa”. Lo soy por el simple hecho de ser extranajera. No es una cuestión de color de piel, ni mucho menos de hablar (o no) inglés. Y es gracioso: “Melanny, la gringa”.

Claro, como “gringa farsante” no hago cosas que los “gringos auténticos” hacen: ir a sitios turísticos y, peor aún, hacer turismo en las “favelas”. Porque para ellos es “cool” ir a las barriadas, a ver cómo (mal)vive la gente pobre… pobre materialmente, claro. Para ellos tendrá un “yo no sé qué”. Quizá sea morbo. Quizá sea el equivalente a ir de safari en África. Claro, aquí en lugar de cebras, jirafas y leones se ven niños descalzos y casas precarias.

Obviamente, habiendo nacido y crecido en Venezuela la subexistencia mísera de otros no reviste una novedad ni un misterio. Sin embargo, anécdota aparte, el reencuentro con Latinoamérica tiene un sabor agridulce. Es verdad que el sol generoso es ya una razón para estar agradecida y contenta, amén de mi bronceado repotenciado y de poder usar un traje de baño y no las veinte mil capas de ropas del invierno europeo. Cambié bufandas por pareos, gorritos de lanas por sombrero, botas por chanclas, pantalones y suéteres por shorcitos y camisetas.

Sin embrgo, no hay manera de cerrar los ojos (ni mucho menos las fosas nasales) ante la pobreza y la miseria que, estando en Roma o en plena campiña toscana, no siempre son tan evidentes. Y vaya que es esta es la mejor manera de recordarla, porque por mucho que viva en Europa soy latinoamericana. “Tercermundista”, dirá alguno. “Tercer mundo”, dice un amigo gallego que vive en Brasil desde hace ocho años y que ha vivido en al menos cinco países latinoamericanos.

“Sí, tienes razón: esto es el tercer mundo”, le he dicho varias veces cada vez que se queja porque el autobús pasa cada hora, porque la luz se va cuando llueve… “No obstante, el ‘primer mundo’ es el ‘primer mundo’, porque (o gracias a que) el ‘tercer mundo’ es el ‘tercer mundo’”. Y a medida que pronuncio cada palabra, parece más que doy una arenga, al mejor estilo de Mafalda, y no una explicación

Él bastante que ha viajado por el mundo. De hecho, ha visitado al menos 60 países y vivido en no menos de 10. Sin embargo, él no es ‘tercermundista’… como yo. Quizá por eso no puede ver, ni mucho menos dolerle ver (saber) que el estatus de unos pocos es sostenido por la población que habita de este lado del Atlántico, así como en muchos países de Asia y de Africa.

Ya unos días atrás cuando le dije a un nuevo amigo, un brasileño de 75 años, —ingeniero jubilado, quien vivió unos años en Alemania y está haciendo su tesis para graduarse en letras alemanas—, que el problema de Latinoamérica era la pobreza, el me corrigó: “no, el problema es la desigualdad… y la falta de educación”. Y lo dijo con conociemiento de causa, porque la desigualdad alimenta la ignorancia y viceversa… en un mecanismo que, cual perro que se muerde la cola, no hace sino perpetuar la diferencia abismal entre quienes tienes y entre quienes ni siqueran pueden soñar tener. Entre quienes se encuentran en la cima de la pirámide de Maslow y quienes se encuentran muchos metros por debajo de ella.

Y Brasil, donde muchas personas vieron sus vidas cambiar para mejor con el gobierno de Lula, la situación es ahora preocupante. Para el nuevo presidente hay un solo objetivo: mantener los privilegios de la élite. Hasta cedió la gestión de las tierras de los indígenas (habitantes originarios del lugar, vale decir) a los ganaderos. ¡Punto para los empresarios del agro!

Volver a Latinoamérica es, hasta ahora ha sido, una linda experiencia. Sin embargo, me cuestiono por el modo para que estas reflexiones no se queden en palabras… esas que no se lleva el viento, pero que se quedan nadando en el vasto mar de Internet. Porque cuando uno ve las mismas cosas por mucho tiempo, deja de verlas… y, paradojicamente, cuando ha dejado de ver esas mismas cosas por muchos soles y muchas lunas, corre el riesgo de olvidarlas. Por ahora, escribir es un acto para compartir lo que pienso (y siento). Tal vez para “que conste en acta”, pero no es suficiente.

Comments: no replies

Expresa tu opinión