En tránsito

Una transición es justo un cruce de caminos

Casi dos meses no continuos en la ecoaldea y ya puedo decir que soy –y me siento- parte del grupo de habitantes. No somos tantos, si bien pocos de cara a las responsabilidades que un lugar tan grande como éste conlleva. Mas justo ahora cuando el sentido de extrañeza se ha difuminado, la melancolía hace acto de presencia…Y lo hace, porque los miembros de este grupo, de esta suerte de familia, empiezan a irse. No puede decirse si su misión aquí ha estado cumplida, pero ya no están o no estarán. Tienen que continuar su camino. Pero al alma le toma tiempo habituarse, a pesar de intuir que nuevas buenas les aguardan. Quizá sea un principio físico-espiritual relacionado con las horas y el espacio físico compartidos en un determinado período. Algo que se enunciaría más o menos así: ‘La capacidad para encariñarse con un completo desconocido es directamente proporcional al tiempo que, queriendo o no, pasas con él o con ellos’. Porque no es fácil levantarse en las mañanas y saber que ni Gaia ni su taza de cereal ahogado en café con leche estarán allí a la hora del desayuno; ni que a las 8:00 am sonará la alarma del teléfono de Piera, quien poco después vendrá con su afecto concentrado (ella mide poco más de 1,50 m) y su voz chillona a decir: ‘¡Buongiorno, ragazze!’ (¡Feliz día, muchachas!) Ni hablar de la joven pareja milanesa, quienes se fueron con sus artesanías a otra parte.

 

El crepúsculo del verano un antídoto contra la melancolía

Pero no son solos ellos, por diversas razones, otros harán lo mismo…y yo también, más pronto que tarde. Quizá sea esa la razón más profunda de la tristeza queda. Al final, la ida de otros no es sino un recordatorio, como si acaso fuese necesario, de la propia partida.  Como dice el proverbio: ‘No preguntes por quién doblan las campanas, doblan por ti’…O para ponerle una nota musical, como canta José Feliciano: ‘Ya mis amigos se fueron casi todos/y los otros partirán después que yo./ Lo siento porque amaba/su agradable compañía/mas es mi vida, tengo que marchar’.

Pero todo el reencuandre cognitivo no es suficiente. La espinita está allí. Aunque con tantas cosas que hacer y con tanta barahúnda –pese a ser un sitio en el medio de bosque es dinámico y concurrido a más no poder– a ratos, es fácil burlarla. Pero el alma sabe y siente, como siempre, que toma tiempo acostumbrarse a los vacíos, a los huecos que dejan quienes se van.  Sin embargo, el alma también sabe que el vacío es necesario. En mi caso, ésta vez no hubo lágrimas…Quién sabe si las habrá cuando me vaya.

Ayer mismo le decía a un muchacho, que vino solo por un par de días, que sentía la tristeza en el aire. ‘Y la lluvia no ayuda’, añadí. ‘O tal vez sí, ayuda mucho’, replicó. Ayudaba a sentir la emoción y a internalizarla, amplió. Luego mencionó algo que me quedó grabado: ‘El peso de la ausencias’. Y me pareció tan poético, tan bonito que sentí que tenía que hacer algo con la frase. Era una imagen que me llevó a recordar el término ‘trilce’, que quiere decir ‘triste’  ‘dulce’; y al mismo tiempo me llevó a pensar en la tabla periódica, con sus abreviaturas, sus números y sus colores. Pensé en el peso molecular de los gases…Aún siendo etéreo, éstos pueden ser pesados. Pero las ausencias, sin tener peso, son más pesadas…y más todavía cuando se trata de ausencias definitivas, irremediables. Mis nuevos amigos, ex habitantes de la ecoaldea, probablemente volverán en ocasiones especiales. Quién sabe si estaré aquí, tal vez no, para compartir el almuerzo y la cena con ellos.

Al mismo tiempo, al otro lado del Atlántico, hay una ausencia de la cual soy ausente. Una de las personas que más quiero se va del país, al menos por un tiempo. Y, por masoquista que suene, me hubiera gustado acompañarlo hasta el aeropuerto para desearle ‘buen viaje, recordarle que lo quiero mucho y que estoy orgullosa de él . Tal vez habría compartido parte de lo que la experiencia migratoria me ha enseñado. Tal vez no, pues en este particular no se trata de ‘enseñar’, mas sí de ‘descubrir’ y de ‘aprender’. Pero no estoy allá…y no tengo el don de la ubicuidad. Ahora sólo puedo escribir…Y sin volar, las palabras pueden llegar a todas partes. Pero, quizá, lo mejor es repetir, sin tomar mérito alguno, lo que esta mañana le escuché decir a una señora: ‘La divinidad sabe mejor que tú qué es lo mejor para ti’. ¡Confía!

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