Entre pizzas, birras y vasos rotos

Giordano Bruno observa los puestos de alimentos del mercado de Campo dei Fiori  (Foto: Internet)

Cuando moría en la hoguera, condenado por herejía, el filósofo y fraile Giordano Bruno no podía imaginar que justo allí, casi 300 años después sería erigida una estatua de bronce en su honor. Estatua que mira (¡y no es una coincidencia!) en dirección al vaticano con expresión lúgubre. No hay mucho que hacer. Incluso en momentos de solaz, Bruno transmite siempre la misma desazón…Pero eso no desanima ni a los turistas ni a los locales que se pasean por Campo dei Fiori (Campo de las flores), ya sea indiferentes o presurosos; distraídos o relajados; muy ocupados tomando ‘selfies‘ (confieso que el término me desagrada) o, simplemente, escogiendo entre los sombreros, bufandas, collares y pulseras, quesos, jamones, pastas, vegetales y, por supuesto, las flores que pueden comprarse allí. Porque es, precisamente, el mercadito que allí se encuentra el mayor atractivo del lugar…Pero está claro que, este es un sitio para ver, mas no para comprar. Todo tiene ‘precio turista’.

El cuadro lo completan los locales de comida que están en la plaza. Y fue en uno de esos locales donde tuve la oportunidad de trabajar, por poco más de una semana, como camarera. Y si bien desde el inicio no me gustó, estaba clara que el reto no era aprender a llevar ni tres, cuatro o cinco platos –muchas veces recién sacados del horno– a la vez; ni  tampoco la bandeja llena de cervezas, copas de vino, cafés y cócteles. El aprendizaje estaba en otro lado fuera del menú, alejado de la barra, de los fogones y de las mesas. La ganancia estaba no en los 5 euros que nos pagaban por hora ni mucho menos en la propina, todo lo cual nos daban al final de la jornada; pues los dueños saben que este es el mejor incentivo para que la gente siga yendo: dinero contante y sonante cada día. Porque, la verdad es que, nadie quiere trabajar como camarero…Y si bien hay quienes tienen toda una vida entre mesas y manteles, éste un empleo concebido para ser temporal. Nadie dijo que que la columna, las piernas y los pies no tengan sus límites

Éste era un empleo útil, eso sí creo, para conocer otras cosas que no esperaba. Y es curioso, porque si bien ya había trabajado como camarera, por períodos cortos, tanto en Dublín como aquí, en Roma, en esta ocasión vi cosas que no había visto antes. Por ejemplo, ahora sé que si se trata de turistas, los asiáticos (con todo y generalización incluida) son los más tacaños: No dejan 5 centésimos de más ni por equivocación; mientras que los estadounidenses, alemanes, holandeses y los mismos italianos son más generosos. La pérdida de la inocencia es otro hecho. Ahora también veo que un restaurante no (siempre) gira en torno a la pasión por la cocina y por la comida. Un restaurante (al menos ése donde estuve) es, esencialmente, un negocio. Así que, tanto mejor si los comensales permanecen no más de media hora, pagan, dejan la consabida propina y se van; para que, acto seguido, podamos poner la mesa para que otros vengan, beban, coman (o devoren), paguen y se vayan. El elemento central no es lo qué comen, mas sí los euros que por ello pagan…y la propina. Siempre la propina. Sonríamos, pongamos las servilletas, vasos y los cubiertos bien alineados con milimétrica precisión (tenedor a la izquierda, cuchillo a la derecha y plato en el medio) y caminemos de un lado a otro haciendo como si realmente nos importara que los clientes estén pasando un momento grato.’Teatro del vulgar y más barato’, como cantaba La Lupe. No en vano ellos usan el término ‘hacer número’, cuando cualquiera del personal se sienta y se hace pasar por cliente. “Gente llama gente”, esgrimen. Y si cuando los clientes han terminado se les ofrece un café, un limoncello (o cualquier otro digestivo) o un postre no es por mera hospitalidad. Lo que escondíamos era el deseo de elevar la cuenta para, así, poder obtener un bono, que se divide entre los camareros. ¿Mi papel? Ése que interpreté con maestría fue el de ‘La nueva poco hábil’ (eufemismo de ‘torpe’) y lo hice tan bien que hasta le derramé la cerveza encima a una señora. Por fortuna no reclamó…quién sabe si hasta le resultó ‘refrescante’, pues aquel era un día particularmente caluroso. Ni hablar de mi último día: imposible quebrar más vasos y más tazas.

No obstante, me quedé con las ganas de enterarme de las cosas más importantes: quiénes son los dueños (los propietarios son cinco y tienen al menos seis restaurantes en Roma) y si esto es un negocio lícito o si, lo que no sería extraño, hay cualquier cosa irregular (eufemismo de ‘mafia’). Me quedé también con las ganas de conocer las historias del personal. Porque al final eso es lo que cuenta. Lo demás es un pretexto… y aplica a la comida, a las sonrisas de bienvenida y de despedida e incluso a la propina. Una vez más la propina. ¿Y por qué dejé de trabajar allí? Por falta de un documento…Tal vez haya sido éste otro pretexto, ahora que lo pienso.

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