El septimo sentido: el sentido de estar vivo

Sentir que la vida tiene sentido es una victoria personal

Hace unas tres semanas un post, en FB, de mi amiga Martina me llamó la atención. Ella, una muchachita de 23 años, inteligente y sensible, que la ha tenido nada fácil publicaba: ‘Palabras fuertes…aunque comprensibles. No te conozco, pero de verdad lamento que este mundo no te haya podido dar o querido haberte dado un sentido de estar aquí’.

Inmediatamente abrí el link adjunto. Como era de esperarse, se trataba de un suicido…el suicido de Michelle, quien a sus treinta años estaba ya cansado de vivir o de hacer de cuenta que vivía. En la carta que había dejado, a modo de explicación, decía:

‘He buscado de ser una persona buena, he cometido muchos errores, he hecho muchos intentos, he buscado de darme un sentido y un propósito usando usando mis recursos, de hacer de mi malestar un arte.

Pero las preguntas nunca terminan y yo me harté de escucharlas y de formulármelas. Estoy cansado de esfuerzos sin resultados, harto de críticas, harto de entrevistas de trabajo como diseñador inútil, harto de malgastar sentimientos y deseos por el sexo opuesto (que evidentemente no me necesita ), harto de envidiar, harto de preguntar cómo se siente triunfar, harto de tener que justificar mi existencia sin haberla determinada, harto de tener que responder a las expectativas de todos sin que nunca fuesen satisfechas las mías, harto de poner buena cara a los malos tiempos, harto de fingir interés, de ser burlado, de ser dejado fuera y de escuchar que la sensibilidad es una gran cualidad.

…No es este absolutamente el mundo que debían dejarme y nadie puede obligarme a ser parte de él. Es una pesadilla de problemas, privo de identidad, privo de garantías, privo de puntos de referencia y privo ya de prospectivas….Existe la alternativa al sufrimiento: renunciar. Si vivir no puede ser un placer, entonces no puede ser una obligación, y yo lo he demostrado. Sé que les hago mal y les causo un enorme dolor, pero mi rabia es ya tal que si no hago esto, terminará todavía peor.

…Entré en este mundo como una persona libre y como una persona libre salgo, porque no me gusta ni siquiera un poco. Basta con las hipocresías (…) Dentro de mí no había caos. Dentro de mí había orden. Esta generación se venga del hurto, del hurto de la felicidad…’

Martina no conoció a Michelle, aunque puede que se hayan cruzado en un bar mientras tomaban café (en Italia los bares son los lugares por excelencias para tomar café) o viajando en el mismo tren, visto que ambos son de Udine, una ciudad mediana cerca de Eslovenia. Ni que decir de mis probabilidades remotas de haberlo encontrado durante los pocos días que estuve en Udine. Igual, no obstante fuese un perfecto desconocido, sus palabras me dejaron un sinsabor. Su acto de liberación, llamémoslo así, me dio cosa. Su dolor no me es del todo ajeno. Recuerdo que hace unos seis años, yo también decía sentirme estafada. ¿Por quién? Por mis padres, por mis maestros y profesores y por toda una sociedad que, desde que recuerdo, me había dicho: ‘Estudia para que seas alguien’…Siendo una niña yo había olvidado- tal vez no era del todo consciente – que ya yo era alguien, y lo era desde el instante de mi concepción. La otra versión, un poco más concreta, era: ‘Estudia para que puedas tener tu casa, tu carro, tu propia familia, etc etc etc’. El típico sueño de la clase media, empacado al vacío y listo para el consumo.       

‘Estudia, estudia, estudia…’ y yo estudié. A los 22 años ya tenía un título universitario. Mi parte del trato había sido honrada…pero, a excepción de un carro -fruto de mi esfuerzo, más que un regalo de mis padres- muchas otras cosas son todavía una promesa incumplida. Por mucho tiempo, yo también sentía la frustración e impotencia de ser parte de un ‘proletariado profesional’. Claro, a mis 35 años mi punto de vista es distinto. Creo que mis papás, con la mejor de las intenciones, me vendieron la idea de un modelo que, en su momento, funcionó. Ahora ese esquema caducó: un título universitario puede ayudar, pero no garantiza nada. Como todo, en la sociedad posmoderna nada es seguro. Todo cambia a velocidades, a veces, mayores que nuestra propia capacidad de adaptación. La famosa ‘sociedad líquida’, conceptualizada por Zygmunt Bauman.

Claro, sea por mis creencias espirituales, karma y otras especias; la tradición judeo-cristiana bajo cuya influencia que crecí y que, para bien o para mal, forma parte de mi imprinting cultural; por cierto temor al dolor físico y una pizca de optimismo tozudo, no llegué a considerar la posibilidad de ‘suspender la función’, así como lo hice Michelle…Y ojo: no me siento con derecho a juzgarlo ni mucho menos tenerle lástima. Y digo Michelle, pero en realidades son tantísimos los que ya no quieren estar aquí.

La única diferencia entre nosotros es que para mí, gracias a Dios, tiene sentido levantarme cada mañana, aunque algunos días me cueste hacerlo. Mi bucket list es todavía muy larga. Ése es, precisamente, el acicate.

De aquello que se deduce de su escrito, Michelle era un tipo ‘normal’. El sitio web que publicó la noticia no hacía referencia a handicap o patología algunos. Michelle podía ver, escuchar, tocar, oler y saborear; pero, desafortunadamente, nada de lo que vio, escuchó, toco, olió y saboreó despertó en él el deseo de seguir intentándolo. Nada lo llenó ni de esperanza ni de ilusión. Michelle (al igual que tantos otros que permanecen en el anonimato) tenía todos los sentidos, pero le faltó el séptimo y el más importante: el sentido de la vida. Paz para su alma…y para sus padres.

 

 

Comments: no replies

Expresa tu opinión