Seis tripulantes, 60 horas marinas y una barca

La isla de Ponza es una de los destinos favoritos de los romanos

Dicen que todo lo que sucede dos veces, con toda seguridad, sucederá una tercera. Así es como, nuevamente, el African Queen –a bordo del cual ya cumplí dos meses– me llevó lejos y sin, ni siquiera, moverse. Esta vez la invitación, totalmente inesperada, fue para ir a las islas Ponza. Nuestro anfitrión, uno de los nietos del dueño del astillero, nos llevó en su barco de vela. Fuimos todos, menos ‘Culo gordo’ (el voluntario español). Sus fantasmas lo mantuvieron en tierra firme. Por eso, no me vio vomitar dos veces en el viaje de ida y hacer de tripas corazón para no repetir la escena, producto del ‘mal de mar’. Ya me habían dicho que el secreto era mantener la vista fija en el horizonte, para tener la ilusión de estabilidad (¿también aplica esto a los vaivenes de la vida?). Igual no dejaba de sentir tal incomodidad que sin haber llegado a las islas ya yo quería regresar; y eso que ya había ido antes de paseo en barco, aunque sólo por un par de horas.

Y después de casi medio día de navegación, ya estábamos en Palmarola (una de las islas del archipiélago)…Una vez allí, nadando entre aguas cristalinas y de franjas verdiazuladas no podía sentirme sino privilegiada. El malestar había valido la pena…Un par de horas después, fuimos a una de las tantas grutas que hay en el archipiélago…Y allí, apreciable sólo con máscara de buceo, se abría un universo impresionante poblado por peces multicolores, arrecifes y rocas gigantescas. No en vano, el sitio es recomendado para los amantes del submarinismo. Pero el recorrido todavía no terminaba. Poco más de una hora después ya estábamos en Ponza. Ahora era ‘el mal de tierra’ lo que nos aquejaba. Todo giraba. Nora, –la más joven (sólo tiene 16 años) y, para ese entonces, la más nueva de la tripulación– me preguntaba: ¿Soy yo o el piso se mueve? Y no era su imaginación o un efecto del vino del almuerzo. Después de casi un día en el agua, ya fuera nadando o navegando, el mareo era de esperarse; pero tampoco fue un impedimento para picar un poco (papitas fritas, aceitunas, tomates secos y pan), beber muchísima agua, tomar unas cuantas cervezas (casi todos ellos) y cerrar con helados (sólo Nora y yo). Con el calor de estos días (la llaman ‘onda calda africana‘) no podía ser de otro modo…

De regreso a la barca, donde pasamos la noche del sábado, poco después de cenar ya todos dormíamos…Y al día siguiente estuvimos todo el tiempo en el mar; y hacia las 5 de la tarde emprendimos el viaje de regreso a la Isola Sacra, en Fiumicino. En esta ocasión incluso debuté como ‘almirante’, ya que pude conducir el barco (yo era la única que no lo había hecho)…Y lo hice dos veces: La primera vez, aún con la luz del día, cuando la embarcación simulaba más una serpiente sinuosa que cualquier otra cosa. Lorenzo, el dueño de la lancha, me repetía: ‘Tienes que mirar la brújula, las velas, la proa…y todo a tu alrededor’. Y mirando aquí y allá, a un lado y al otro; y andando en contracorriente, continuaba zigzagueando…y ya cuando estaba ‘agarrándole el truco’ a la navegación, Lorenzo me quitó del timón…Y no lo culpo.

Sin embargo, la segunda vez, si bien imprevista, fue mucho más placentera y también más larga…En ese momento, ya la madrugada del lunes, todos dormían excepto Margaux (la voluntaria francesa) y yo…Y quién sabe si por el hecho de no tener tantos testigos (Margaux terminó yendo a dormir después de un rato), pero esta vez fue mucho mejor. Para mi sorpresa (yo tengo miopía y estaba sin lentes), la oscuridad resultó ser ventajosa. Fue más fácil orientarse siguiendo –y esto no es una metáfora– las estrellas…aunque vigilando la brújula, que debía mantenerse entre los 300 y 330 grados. Entonces, a solas y en silencio, pude experimentar la libertad de la que tanta hablan los marineros. Sentí una suerte de comunión entre el cielo que me custodiaba, el mar que atravesábamos y yo. Calma, asombro, paz…y mucho sueño también. Y en mi mente resonaba el estribillo de la canción de Miguel Bosé: ‘Dame una isla en el medio del mar/Llámala libertad….¡Canta fuerte hermano!/Dime que el viento, no, no la hundirá…./llámala libertad..¡.Canta fuerte hermano!

Y aunque creo no ser una loba de mar, volviendo al enunciando inicial, no me sorprenderá si tengo la oportunidad de navegar de nuevo…pues todo lo que ha ocurrido dos veces, con toda probabilidad pasará una tercera. Y muy probablemente mi amigo ‘Culo gordo’ tampoco estará allí, porque ayer dejó la tripulación, pero los gratos recuerdos y el cariño quedan. Es lo menos que puede esperarse después de compartir, durante dos meses, bajo el mismo techo, en la misma cubierta y en el mismo muelle. Para ti, Pepe, mis mejores deseos…¡Que el viento sople a tu favor y te lleve adonde tengas que ir!

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