Él, ellos, ustedes…nosotros

Para miles la única opción es huir (Foto:AFP/Getty Images)

*La semana pasada cuando pensaba sobre qué escribiría en esta primera entrada del año, escuché un fragmento de una canción de Facundo Cabral. ‘Este es un nuevo día/ para empezar de nuevo/ para buscar al ángel/ que me crece los sueños/para cantar, para reír/ para volver a ser feliz./En este nuevo día/ yo dejaré el espejo/ y trataré de ser/, por fin, un hombre bueno /de cara al sol caminaré/ y con la luna volaré,/ de cara al sol, caminaré/ y con la luna volare’. Y la pieza me pareció de lo más ad hoc para iniciar un nuevo año, si bien ya habían pasado más de diez días del 2017.

Pero la vida siempre tiene su propia agenda. Así que, sin proponérmelo, el viernes pasado tuve la oportunidad de asistir a un encuentro, en Roma, entre refugiados y el padre Arturo Sosa Abascal, el nuevo Superior General de la Compañía de Jesús. Él es venezolano y, amén de sus credenciales como académico y su vocación social, hace historia al ser el primer no europeo y primer latinoamericano que está al frente de la congregación fundada por Ignacio de Loyola,  en 1540.

Siendo ambos venezolanos, caraqueños para más señas; estando vinculados con la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), fundada por jesuitas y de la cual tanto él como yo somos egresados (él además de titularse como filósofo, dio clases allí); e interesada, como estoy, en el tema de la inmigración y de los derechos humanos, no podía desdeñar la invitación.

A la cita con el ‘Papa Negro’, conocido así por la importancia de su cargo y en alusión al color de su traje, asistí contenta… ¿Y quién lo diría? Yo que tengo mis reservas sobre la Iglesia, pero que al mismo tiempo me siento tan agradecida con los jesuitas por la labor que, en materia de educación y desarrollo social (ambos van de la mano), han llevado adelante en Venezuela.

El evento que se realizó a propósito de la ‘Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado’, –fecha instituida hace más de cien años, cuando miles de personas escapaban de la atrocidad de la Primera Guerra Mundial–, permitió que un grupo de refugiados, proveniente de países como Afganistán, Mauritania, Siria, Colombia, Guinea y Nigeria, entre otros, estrecharan la mano de Sosa y compartieran con él sus historia.

Historias que hacían tragar grueso. Nada fácil escuchar a Martensa, un afgano de 22 años, quien a los 15 huyo de su país, estuvo cautivo en Irán y sin cometer delito alguno estuvo ocho meses preso en Hungría. Ni que decir de Durata, una albanesa de 26 años quien llegó, con su familia, a la costa italiana cuando sólo tenía siete años, y lo hizo con la ayuda de otros compañeros de viaje: Los traficantes –por miedo de ser apresados–lanzaron a la tripulación al mar y muchos de ellos no sabían nadar. Y si bien hoy es diplomada en Ciencias de la Educación y es maestra de preescolar, aún recuerda vívidamente la infancia en la clandestinidad y en la marginalidad. Mirvat, de 24 años, es oriunda de Siria. Con dos años en estas tierras, aún tiene fresco el ‘olor de la guerra’. El conflicto bélico le quitó todo, dijo…Todo menos sus padres, hermanas y sobrinos, con quienes escapó hacia Libia, desde donde vinieron a Italia. Ahora ella estudia idiomas en la Universidad de Boloña y, como para no olvidar el horror que dejó atrás, en el salvapantalla de su celular tiene la foto de una ciudad fantasma, polvorienta y con edificios en ruinas: Alepo.

En el acto no tuvo tintes religiosos, si bien se llevó a cabo en una iglesia (Chiesa del Gesú). Allí, el padre Sosa, quien vivió al menos diez años en la frontera colombo-venezolana y ha conocido de cerca la realidad de quienes se ven forzados a huir de su país, no habló de Dios ni del evangelio. En su lugar, condenó el tráfico humano y apeló a la colectividad.

‘Las raíces de Europa están en el respeto de los derechos humanos. Se debería promover un movimiento de los ciudadanos europeos, porque quien está en el gobierno interpreta siempre intereses particulares de los partidos o representa ciertas ideologías…También si se lleva el discurso del nivel humanitario al análisis sociológico, cualquier análisis demográfico y económico demuestra que Europa necesita a los inmigrantes. Por lo tanto, recíbamoslos como un regalo y no como una amenaza’, dijo.

Al salir de la iglesia, yo estaba conmovida y agradecida…pero al mismo tiempo sentía un poco de rabia contra los señores de la guerra, contra los traficantes de seres humanos, contra los gobiernos que se lucran con las guerras y después se quejan del arribo de las víctimas…Pero no obstante, aún sin cantar, seguía (y sigo) creyendo que siempre se puede empezar de nuevo. Y quiero creerlo porque, aunque yo no llegué en una balsa, yo también soy inmigrante.

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