Del budismo a los clavos

Aunque puede ser atemorizante, la sombra es un gran potencial para nuestro desarrollo

Más de un mes sin escribir una entrada personal. Seis semanas de dejar para después el momento de meter en palabras mis últimas vivencias. Tiempo en el que esperaba tener algo que quisiese compartir; y digo ‘quisiese’, porque escribir sobre mí, a veces, me genera conflicto. Y no es que haya algo que esconder, sea por vergüenza o por falsa modestia. Tampoco hay algo fuera de los tópicos comunes: el amor, la vida y la muerte. Los nombres, empezando por el mío, los lugares y las circunstancias son sólo la tramoya. Así que hablar de añoranzas y nostalgias, especialmente por ser inmigrante, no sería nada del otro mundo. Hablar de subibajas emocionales no es sino repetirme, especialmente si la regla está de por medio. Ni qué decir del existencialismo intermitente del que padezco…Imagino que un budista me diría que no se puede pensar y vivir al mismo tiempo.

Por poner un ejemplo fútil, no sé puede pensar en el agua que se bebe, reflexionando sobre su composición química, el manantial del cual proviene, sus niveles de salinidad, la contaminación de los mares y los (potenciales) conflictos bélicos por el control de este recurso; y, al mismo tiempo, sentir y disfrutar cómo el líquido entra en la boca y toca las encías, el paladar, los dientes y termina recorriendo la garganta. El pensamiento es etéreo, mientras que la vivencia, y todas las sensaciones a ella asociada, son reales (sin entrar en consideraciones si este mundo es una ilusión o no, como sostiene el budismo). Sentir como el agua calma la sed es lo que llaman ‘el aquí y el ahora’.

Hace unas dos semanas estuve diez días en una retiro de meditación vipassana, que en sánscrito significa ‘ver las cosas como son’, y lejos de ser una experiencia relajante, fue una muy difícil…Porque levantarse a las 4:00 de la madrugada, para empezar a meditar a las 4:30 y hacerlo por unas 15 horas diarias, –con las consabidas pausas para desayunar, almorzar y merendar, sin cenar eso sí–, respetando el ‘noble silencio’ (nada de hacerse señas, de hablarse con los ojos ni mucho menos decir ‘buen provecho’, ‘gracias’ o ‘por favor’) y sin la posibilidad de leer o de escribir (se sobreentiende que ni celulares, ni laptops ni reproductores mp3 estaban permitidos) es cualquier cosa menos un paseo.

Mi desesperación, podemos llamarla ‘locura potencial’ o ‘en ciernes’, al mismo estilo del personaje principal de la película Juana La Loca, de Vicente Aranda, no era normal. El segundo día, cuando descubrí que todo era idéntico que el primero, tal vez peor, sólo tenía ganas de salir corriendo, volando de ser posible. Correr y volver a casa, a estar rodeada de gente con la que sí se puede permitido hablar. En ese momento, riéndome para mis adentros (de más está decir que risas y carcajadas no eran aceptadas) recordé que en la entrada anterior (https://sendaycaminos.com/2016/09/26/5976/) escribí: “…El crecimiento espiritual no está en irse a vivir a un monasterio budista en el Tíbet, sino en estar con tantos otros en una realidad más ‘mundana’”. Cuan equivocada estaba. La vida monástica, porque fue así como viví durante diez días, es dura. En el ascetismo, sin conversaciones (ni trascendentales ni banales), sin distracciones (música, libros, revistas, bolígrafos, cuadernos, computadoras, entre otros), sin baile, sin yoga o alguna otra actividad física, salvo caminar, no hay escapatoria. La única posibilidad es ir hacia adentro…y hacerlo no para ponerse en contacto con la divinidad (no según la filosofía budista), sino para darse cuenta que lo único que existe es la nada. Eso que llaman ‘ego’ y ‘personalidad’ no son sino aire. Ni siquiera ‘dust in the wind‘ (polvo en el viento), como canta Kansas. No existen.

Y al final, muy a pesar de los pronósticos, me quedé los diez días de meditación…y regresé al ‘mundo hablador’, incluso súper ruidoso, que llamo cotidianidad. Continúo meditando, pero sólo media hora diaria, una hora cuando mucho;  y, por supuesto, que no a las 4:30 de la madrugada. ¿Y qué decir? No es que esté más cerca de la iluminación o más lejana de la oscuridad. Es más justo decir que ahora estoy en una zona de claroscuros. Una que no tiene que ver con la ausencia de sol, producto del otoño, mas una relacionada con mis propia sombra, como expone Carl Jung. Y da un poco de miedo.

Sentimiento Muerto, la mítica banda de rock venezolana ya desintegrada, cantaba: ‘Sin sombra no hay luz’. El túnel hay que recorrerlo. No hay atajos que valgan…y al igual que el retiro de la meditación vipassana, ese recorrido tampoco es un paseo, porque reconocer que la persona que me sonríe en el espejo tiene un dechado de defectos, conocidos y aún por conocer, y que son ellos la causa del dolor y de la frustración no es menos tormentoso. Como si se tratase de enterrarse un clavo en el pie, por descuido…Tenerlo allí debe ser una tortura, amén de la posibilidad de contraer tétanos, pero extraerlo puede ser un suplicio y hacernos sangrar también. No obstante, a diferencia del clavo, la sombra no se saca, como si fuese un exorcismo…O sí: se saca (a la luz), para ser (re)conocida e integrada dentro de nosotros. Cómo se realiza este procedimiento quirúrgico no lo sé…al menos no todavía, pero desde hace rato que el clavo está molestándome.

Comments: 3 replies added

  1. Luis Rafael Moya, M. November 12, 2016 Reply

    excelente entrada, y asi como lo dicen mis compatriotas ; sin sombra no hay luz. a seguir el camino correctamente

    • Mela J.H.R. November 12, 2016 Reply

      ¡¡Mil gracias, Luis!! :) Sí...y sin luz no hay sombra. Al final, son dos aspectos de una misma cosa.

  2. Pingback: ‘Palabrario’ de fin de año ( II edición) | Senda y caminos

    […] Pérdida de la inocencia es lo primero que me viene a la mente. Renuncia a la ingenuidad de creer que los dragones y los monstruos están afuera, cuando en realidad anidan en los recovecos del alma; de la cual deben ser liberados –ojo no exorcizados–, integrados y transformados, según Carl Jung, a través de la aceptación (he aquí la segunda palabra, por segundo año consecutivo) de la propia sombra, de la que escribí ya en noviembre […]

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