La llaman calle*

Prostituta en una de las principales avenidas romanas

La primera vez que la vi, fue hace unos días en la parada del autobús. Era un viernes en la mañana y ambas veníamos de una oficina de inmigración, en el oeste de Roma. Reconoció inmediatamente que era latinoamericana y me preguntó, en español, si era colombiana…como ella. ‘No, soy venezolana’, respondí.

Me hizo un par de preguntas sobre mi estaus legal y me dijo: -¡La cosa está jodida en Colombia!-, a lo que respondí -¡Bueh…pero no tan jodida como en Venezuela!. Como llegó el autobús y nos sentamos en asientos, dimos por terminada la conversación. La historia habría terminado allí, si bien ella es no es fácil de olvidar. Con su 1.80 metros de estatura, senos grandes, cuerpo robusto y desproporcionado, cabello largo teñido de amarillo pollito, manos y pies grandes, labios inflados de botox, aún sin escucharla hablar, era obvio que se trataba de un hombre…latinoamericano. En todo caso, más allá de la curiosidad que me invade cada vez que me cruzo con un transexual o un travesti (ignoro si él era lo primero o lo segundo), el fugaz encuentro era intrascendente, tal como si se tratara de la interacción con un desconocido para preguntarle por una dirección o para comprar un helado. Nada personal ni digno de ser recordado.

Horas después, en la tarde, la encontré de nuevo en otra parte de la ciudad. Esta vez estábamos en pleno centro de Roma, a pocos pasos del Coliseo, en la sala de espera de una asociación que atiende a inmigrantes. Me saludó como si fuésemos ‘amigas’ de toda la vida y con un gesto me invitó a sentarme a su lado. Después de unos segundos de duda, ¿me siento o digo “no, gracias”?, me senté:

-¡Hola mamita! ¿Cómo está?- me dijo. Y así empezamos a conversar. Me preguntó si estaba trabajando y le respondí que estaba buscando empleo.

-Ahh, si quiere la ayudo a trabajar como prostituta– me dijo.

-No, gracias…En realidad estoy buscando un empleo profesional- dije…tratando de ser lo más natural posible, porque nunca me habían dicho nada similar.

-¿Y qué tipo de empleo quiere, mi reina?

-Uno como periodista, dije.

-¡Ah es que usted estudió!…¡Discúlpeme! ¿Y quiere trabajar en un periódico?

-No, en realidad, quiero trabajar en el ámbito de derechos humanos y/o inmigración- respondí, como si ‘ella’ fuera el genio de la lámpara. Nunca se sabe si uno de sus ‘conocidos’ trabaja una organización de este tipo.

Después fue mi turno de preguntar y me enteré de que tiene muchos años en Italia, se hace llamar Viviana, trabaja como prostituta desde hace 20 años y que una de sus hermanas, allá en Colombia, está estudiando comunicación social. Antes de irse me dio su número, se puso a la orden (ya no para trabajar en su ramo, claro está) y me deseo buena suerte…’mamita’.

A final, me quedé riendo para mis adentros y lamentando que, en ese momento, no tenía con quien compartir tan ‘particular’ anécdota. Ni siquiera me indigné, porque era una propuesta absurda e inédita. Tampoco me sentí ofendida ni mucho menos me preocupé pensando, como hubiera pasado en otro momento, ‘¿será que tengo pinta  de prostituta?, ¿yo que ni siquiera uso maquillaje?’. Tampoco hice reflexiones feministas o sobre la manida ecuación latinoamericana=fácil/calenturienta.

Sin entrar en consideraciones morales o moralistas, para Viviana, al igual que para tantísimas otros extranjeros (hombres y mujeres), la prostitución es un oficio más, una opción válida para sobrevivir. Así que, después de todo, era lógico que ella me ofreciera ayuda relativa a lo que sabe hacer y, presumo, le gusta hacer. Pero, desafortunadamente, para tantísimos otros, principalmente mujeres, trabajar como prostituta no es una alternativa, sino una forma de esclavitud. Un oficio que, muy a su pesar, están obligadas a hacer.

Después me puse a pensar en esas realidades y posibilidades que existen, pero que en mi mundo simplemente no figuran; como si se tratara de los centenares de vocablos que hay, mas que están ausentes en mi diccionario mental. Y no es que jamás haya visto prostitutas en plena calle o que ignore la existencia de este tipo de ‘servicio’. No puedo decir tampoco que no he escuchado de la trata de extranjeras, bastante común en Italia, y de la cual las víctimas provienen, en su mayoría, de Nigeria, Rumania, Brasil, Marruecos, China; así como de Egipto, Bangladesh, Ghana, Tunez, Senegal y Moldavia, según leo en la página web de la ONG CISS (CISS Cooperazione Internazionale Sud-Sud Onlus). Mucho menos puedo decir ‘ojos que no ven corazón que no siente’. Si acaso, puedo decir que, gracias a Dios, he tenido y tengo otras oportunidades.

Y las tantas preguntas que no pude hacerle a Viviana se quedaron en el tintero, y aunque anoté su número, no creo que la llame…Mas, siendo el mundo pequeño como es, seguramente volveremos a encontrarnos…Y capaz que me dirá: ‘¿Qué hubo, mamita?’

* El título del post hace referencia a la canción ‘Me llaman calle‘, de Manu Chao.

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