‘Por la puerta que se abra’: historia de inmigración, mochilas y resiliencia

Por la puerta que se abra

Hablar de los otros es siempre más cómodo, más fácil. Sin embargo, hablar de uno mismo, específicamente de aquello que hace, a veces es casi obligatorio. No se debe olvidar que estos son días de personal branding. .. y es en esta orilla donde me encuentro hoy. Presentando mi primer libro: ‘Por la puerta que se abra’.

Hablar de ‘Por la puerta que se abra’ es también hablar, indirectamente, de aquella que se cerró o que todavía está cerrada. Es hablar sobre todo de mis experiencias como inmigrante a Italia, adonde llegué como mochilera, sin sospechar que terminaría viviendo allí. “Maestra vida”, en cambio, sí lo sabía. Siempre lo supo… y como en una novela, día a día, capítulo a capítulo, me iba revelando sorpresas… no siempre agradables. Miles de vivencias que me llevaron a recorrer puntos distantes, y distintos, de la geografía italiana en busca de un “santo grial”.

‘Por la puerta que se abra’ es también un pretexto para hablar del fenómeno migratorio.

A continuación los primeros párrafos del primer capítulo:

“Era más bien un portón. El número 23 de la vía Teofilo Patini de Roma. No recuerdo que el número fuese visible, recuerdo sí el temor que sentí estando allí. Cuando llegué, antes de las siete de la mañana, fui la primera persona. Poco a poco, ya casi a las nueve, lo que había comenzado como una fila, más o menos ordenada, era un mar de gente empujándose para entrar… todos extranjeros. Extranjeros «extracomunitarios» o, en palabras llanas, «no europeos». Pensé entonces que, siendo uno de los sitios más concurridos de Roma, paradójicamente, no figura en The Lonely Planet… ¿Cómo figurar? Siendo tan feo, tan incómodo, tan poco acogedor y estando tan lejos del Coliseo, de la Fontana de Trevi, de la Piazza Spagna y del Vaticano, y a la vez tan cerca de un campamento gitano y tan rodeado de desidia.

En las afueras del Ufficio Immigrazione de la questura de Roma, no hay ningún cartel que diga «vosotros los que entráis, dejad aquí toda esperanza». Sería inmoral. Esperanza es lo que le sobra, tal vez es lo único que tiene, a quien va allí para pedir asilo en Italia. Como yo, aquel 24 de julio de 2014, en pleno verano. Mi primer verano italiano.

Aquel jueves me desperté antes de las cinco. Despertarse es un decir. En realidad, casi no dormí. Habría sido más cómodo dormir en el piso que en aquel sillón-cama de resortes gastados. Claro, la angustia tampoco ayudaba. A las cinco y media era la única alma en la estación del metro Castro Pretorio, a un kilómetro de la casa de mi anfitriona, mi amiga Germana, una italiana a quien había conocido en Dublín a través de otra italiana, exnovia de un venezolano. Me subí en el primer tren del día y llegué hasta Rebibbia, la última estación de la línea B, donde tomé el autobús 437. Antes de las siete estaba allí, de pie, delante de la reja de la questura. No había un banco para sentarse, ni un árbol para cobijarse. El rótulo dantesco no se veía, igual se sentía. Casi se intuía. «Dejad aquí toda esperanza…».
Por cosas de la multitud y sus contorsiones, amén de mi 1.62 metros de estatura, pasé de estar al frente de la fila a estar en la mitad, nadando entre cabezas y brazos. Me habían dicho que atendían a un número limitado de personas y no entrar ese día era un lujo que no podía darme. A las nueve ya estaba adentro, en la sala de espera, junto a otras setenta personas. No aguantaba el sueño, pero estaba tranquila. Este era el punto de no retorno. Sin embargo, sentía que ese era el camino correcto, si bien ignoraba cuán largo y arduo podía ser. Entretanto, me limitaba a hacer lo único que podía: observar a los demás.
La mayoría eran africanos. Unos cuantos provenían del subcontinente indio, algunos eran magrebíes y muy pocos latinoamericanos. Recuerdo, particularmente, a una ucraniana, quien estaba ilegalmente desde hacía dos años. Tenía dos niños pequeños y su esposo trabajaba en negro. El conflicto con Rusia la trajo a Italia, primero, y finalmente a la oficina de inmigración. Al menos eso decía. Abogados, trabajadores sociales e intérpretes —italianos y extranjeros— completaban la comparsa.
Aunque cinco de las seis taquillas de atención al público funcionaban, el proceso era largo y lento. Entre completar formularios, dejar las huellas dactilares y hasta ser medida, todo se hacía eterno. Mientras tanto, mi estómago protestaba, pero no podía arriesgarme a perder el turno. La última vez que me llamaron me dieron una hoja sellada con la fecha cuando debía regresar, más de un mes después, a buscar un permesso di soggiorno provvisorio. Me habían quitado mi pasaporte para asegurarse, como lo hacen con todos, de que no intentara salir del país. Casi a mediodía salí de la questura, haciendo caso omiso al letrero «Dejad aquí toda esperanza». El miedo de ser detenida se había evaporado. Ya no quería ser invisible. En mi cabeza una voz me exclamaba: «¡Esta sí que no te la esperabas! ¿Quién lo diría?» “.


‘Por la puerta que se abra’ está disponible en ebook o en versión papel (bajo demanda) en numerosas plataformas de internet, tal como:

España:
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Estados Unidos:
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Argentina:
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México:
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Italia:
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https://books.mondadoristore.it/Por-la-puerta-que-se-abra-Melanny-Hernndez-R/eae978841796569/?_ga=2.99655134.1719489931.1562027468-1889393575.1562027468

Chile:
https://www.chilebooks.cl/ebook/0377627/por-la-puerta-que-se-abra

Brasil:
https://www.amazon.com.br/Por-puerta-que-abra-Spanish-ebook/dp/B07SJFRTCM/ref=mp_s_a_1_1?keywords=Melanny&qid=1562027698&s=gateway&sr=8-1

Francia:
https://www.amazon.fr/Por-puerta-que-se-abra/dp/8417864431

Australia:
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Alemania:
https://www.amazon.de/Por-puerta-abra-Novela-Band/dp/8417864431/ref=mp_s_a_1_1?keywords=por+la+puerta+que+se+abra&qid=1562507419&s=gateway&sr=8-1

Perú:
https://www.peruebooks.com/ebook/0377627/por-la-puerta-que-se-abra

Canadá:
https://www.amazon.ca/Por-puerta-que-se-abra/dp/8417864431/ref=mp_s_a_1_fkmr0_1?keywords=Melanny+Hernandez+r&qid=1562507175&s=gateway&sr=8-1-fkmr0

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