‘Palabrario’ de fin de año ( II edición)

Definir en pocas palabras el año en cierre es un modo de darle sentido a las vivencias e integrarlas

Es casi oficial: el 2016 es ya, prácticamente, un ausente. Uno que estuvo y que no regresa. Y de nuevo, estoy aquí haciendo el balance de lo vivido…y lo hago en un lugar nuevo, distinto –tal vez no tanto– y distante de la ecoaldea donde viví poco más de ocho meses. Como lo he hecho en los últimos cuatro años, busco palabras que expresen, y no es cosa fácil, las experiencias y aprendizajes de los más de 360 días previos.

El primer término es ‘diversidad’. 2016, para hacer una alegoría culinaria, fue un minestrón, en el cual hubo un poco de todo: profano y sagrado; vacas un poco flacas, otras en estado de desnutrición crónica y hasta conejos saliendo de sombreros; momentos de claridad y tantísimos otros de confusión abismal; barcos, trenes, caravanas y autobuses así como la sensación de no estar yendo a ninguna parte; soledades absolutas y, muchas veces, la asfixia de verme entre tanta gente. Puedo jurar sobre la Biblia o sobre la Constitución, –la italiana o la venezolana, me da igual–, que jamás había conocido tantas personas en tan poco tiempo (nunca había tenido tantas solicitudes de amistad en Facebook, si eso dice algo). Y si bien este año fue enriquecedor y movido como pocos, la diversidad más importante la encontré en mí, aunque fue gracias a los otros –haciendo de espejos, mensajeros y maestros– que pude descubrirla…o reconocerla; y no fue ni ha sido un trabajo sencillo ni mucho menos indoloro. Antes personas que no me inspiraban (mucha) simpatía o que, incluso, ponían a prueba mi paciencia he debido preguntarme: ‘¿Qué aspecto de mí está reflejando?’ Similares interrogantes debí formular ante las circunstancias difíciles que me tocó vivir. Las respuestas no son siempre obvias ni unívocas. 

Pérdida de la inocencia es lo primero que me viene a la mente. Renuncia a la ingenuidad de creer que los dragones y los monstruos están afuera, cuando en realidad anidan en los recovecos del alma; de la cual deben ser liberados –ojo no exorcizados–, integrados y transformados, según Carl Jung, a través de la aceptación (he aquí la segunda palabra, por segundo año consecutivo) de la propia sombra, de la que escribí ya en noviembre

¡Ajá! ¿Qué tuve que aceptar? Primero que nada que soy imperfecta y que no estoy llamada a ser perfecta (hacer lo mejor que puedo es suficiente). Por ende, la justificación permanente es un ejercicio estéril (saliva y tiempo malgastados). Decir ‘aceptar lo que no puede cambiar(se)’, incluso por y para ahorrar energías, pertenece al nivel básico, mas no por ello menos importante. Todo lo contrario. Se trató además de ta ta ta tán…aceptar  que la responsabilidad de mi vida va mucho más allá de honrar la palabra empeñada, cumplir con las obligaciones y admitir errores, que ya es bastante. Aprendí (es todavía work in progress) que, y no quiero sentar cátedra, soy responsable de, al menos, intentar que mis sueños (que me pertenecen) se conviertan en realidad. Sin jugar a la víctima ni mucho menos decir que el otro o la otra no me dieron la oportunidad que tanto quería o hubiera querido.

Bellísimo pedirles deseos a las estrellas, si son fugaces todavía mejor, pero no es suficiente. Es necesario trabajar por aquello que se quiere. A Dios rogando y con el mazo dando, dice el proverbio. Me toca a mí dar el primer paso, así el camino no esté claro o la meta se encuentre en las antípodas; aunque es más fácil quedarse en un estado de letargo, como quien espera a Godot o un milagro que tal vez  no ocurrirá.

El 2016 fue también un año de aceptar que algunas puertas debían cerrarse o, tal vez, no debían abrirse completamente; y encontrarse allí no era una limitación ni un problema: Era una exhortación no explícita a continuar el recorrido en un mundo diverso y lleno de oportunidades. Justo ahora cuando empezaba a escribir la tercera palabra, con un poco de reticencia, dado que soy una principiante en la materia, veo que ésta es muy cercana a la aceptación y a la diversidad; a tal punto que parece el resultado lógico de la fusión de ambas: ‘Tolerancia…¡ejem! ¡ejem! (onomatopeya de aclararse la garganta)…Tolerancia hacia el otro y hacia mí. Pero repito, ésta todavía no es una asignatura aprobada (confieso que me molesta los fumadores que no respetan el espacio colectivo, me irrita la gente que tira basura en la calle, entre otros)…Estoy a años luz de ser el Dalai Lama, aclaro

‘Valentía’, ‘amar(se)’, ‘miedo’, ‘milagro’, ‘sincronía’,’raíces’, ‘oscuridad’ y ‘fe’ también podrían ser incluidas en la lista. Sin embargo, como colofón, definitivamente, destacaría ‘gratitud’.Gratitud por tanto. Gratitud por lo recibido y por lo no recibido también. Gratitud a Dios, a mi familia (con todo y el mar que nos separa o nos une, según el punto de vista), a mis amigos (donde quiera que estén) y a la vida, como bien lo cantaban Violeta y Mercedes. ¡¡Gracias 2016 y bienvenido 2017!! 🙂 🙂

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