¡Ve Napolés y después muere!*

Pulcinella es un emblema de Napolés

‘Napoli non è una città, è un mondo’**

De nuevo y sin moverse, el African Queen, el barco donde he estado viviendo desde hace más de un mes y medio, me llevó a donde no tenía planes inmediatos de ir: de regreso a Napolés, pero esta vez en compañía de los otros miembros de la tripulación. Lo que comenzó el sábado, a las seis de la mañana –debíamos tomar el autobús hasta la estación de trenes de Lido Ostia, luego ir a la estación de Termini, en Roma, y viajar más de dos horas en tren– como un paseo de unas cuantas horas se convirtió en un aventura de un fin de semana, que incluyó un chapuzón cuatro estrellas en la piscina de un hotel diseñada por el arquitecto Gio Ponti. Y la que sería la ocasión para despedirnos de Steve (el dueño del barco), quien consiguió un contrato a bordo de una embarcación que navegará por el Mediterráneo, sirvió para todo menos para decirle ‘buen viaje y gracias por todo’. Al final, apenas nos vimos. Él estaba en un inducción veloz y nosotros, en particular Margoux (la voluntaria francesa), ‘Culo gordo’ (el voluntario español) y yo estábamos entregados a la tarea de disfrutar Napoli; y sólo Martin (el escocés) y Malachi (el neozelandés) tuvieron la energía suficiente, y también el hígado dispuesto, para alzar unas cuantas cervezas en honor de Steve. Mientras que ellos bebían en un lugar para turistas, nosotros atravesábamos la ciudad para ir desde el malecón hasta el centro. Pasamos a un costado del Castel dell’ovo, proseguimos en dirección al Castel Nuovo; en cuyos alrededores vimos a un hombre disfrazado de Spiderman (¡y no era carnaval!), y llegamos hasta la vía Toledo; una de las principales avenidas de la ciudad, donde hicimos una pausa para comer un helado. Acto seguido, cruzamos la Piazza Dante y continuamos hasta el edificio número 181 de la vía dei Tribunali, donde estaba el apartamento donde pernoctamos.

Y a cada paso la ciudad abría cada vez más sus calles y callejones, con sus colores, su exuberancia, su ruido, su ajetreo, su vitalidad, sus olores, su desorden, sus motos andando por doquier, su aire marino, sus sabores, su ‘je ne sais quoi‘ (‘yo no sé qué’)…Y si para todos ellos Napoli era una sorpresa, un descubrimiento, una mujer con el corazón abierto (y los brazos también), para mí era más bien una reconciliación y una liberación de la que yo no era del todo consciente. Mas mi alma sí lo sabía y de allí que al salir de la estación Napoli Centrale sintiera una alegría difícil de describir… Y no era, precisamente, la alegría de quien arriba a su destino. Era una dicha más profunda…como la de quien regresa a un sitio donde ha dejado una parte de sí. La dicha de quien está a punto de hacer las paces, ya no firmar un mero armisticio, consigo, con el pasado y con la vida. La dicha de quien cierra un capítulo…y decide, simplemente, quedarse con lo bueno. Y quizá por esta (pre)disposición del alma, vamos a llamarlo así, en los mismos lugares donde ya había estado hacia más de un año, a solas conmigo, con el corazón arañado y llena de tantos temores, tristeza e incertidumbres, ahora sólo podía sonreír…y hacerlo con gratitud. E insisto: no es que la ciudad hubiera perdido su naturaleza caótica o que estuviese menos sucia, o que yo estuviese haciéndome de la vista gorda…Bueno, tal vez sí: yo estaba apreciando sólo lo bonito (visto que lo ‘feo’ ya lo conocía).

Pero este no fue tampoco un viaje de nostalgias, debo decir. No fue una ocasión para volver sobre mis pasos, mas sí para recorrer nuevas vías, llegar a nuevas alturas y tener nuevas perspectivas…Y esto no

La ciudad de Napolés vista desde El Vomero (Fotoweb.it)

es una metáfora: desde el Castel Sant’Elmo, a 250 metros sobre el nivel del mar, podíamos tener una vista panorámica de la ciudad bañada por el mar Mediterráneo, con la isla de Ischia (se pronuncia Isquia) a un costado y el monte Vesuvio al otro…Y desde allí no podía sino sentir asombro ante el encanto de una ciudad única; vibrante y sin pretensiones de ‘primer mundo’, mas siempre presta para disfrutar el ‘dolce far niente‘ (‘el placer de hacer nada’)…y en la que es fácil sentirse uno más.

Después de día y medio en Napoli, eso que llaman memoria gustativa también estaba de fiesta…entre sfogliatelle, un dulce similar a un pastelito de hojaldre relleno, típicamente, de crema; pizzas –no podía ser de otro modo estando allí–; café frío –lo tomamos en el Bar Nilo, donde tienen, nada más y nada menos que, un altar a Maradona–; spaghetti alle cozze (con mejillones) –plato tradicional de la cocina napolitana– y vino, que tampoco podía faltar.

Y en el camino de regreso a la casa-barco, resulta que aún quedaba aventura por vivir. Como ya era más medianoche, en lugar de tomar un tren hasta la estación más cercana, luego el autobús y caminar hasta el astillero; tuvimos que tomar un autobús nocturno que nos dejó a un lado de la carretera, desde donde caminamos más de cuatro kilómetros y medio …en plena autopista y a oscuras…Y si bien en mi ‘bucket list‘ (lista de pendientes) nunca estuvo hacer algo similar, peligro aparte, confieso que fue emocionante; y de hacerlo otra vez, ya sé que sería mejor hacerlo en zapatos y no en chanclas…y tener, eso sí , una linterna.

*La frase original es: ‘Vedi Napoli e poi muori’!. Quiere decir que después de visitar un lugar tan fascinante se puede morir en paz.

* *Nápoles no es una ciudad, es un mundo.

Comments: 3 replies added

  1. Astrid July 13, 2015 Reply

    No se por qué, tu viaje de regreso me hizo recordar a dos amigas montadas en la parte de atrás de un camión un día en la noche desde la estación La Paz a la casa de la abuela :)

    • Mela J.H.R. July 13, 2015 Reply

      Creo que ese camión lo tomamos en la Colonia Tovar, si la memoria no me falla... aunque también ha podido ser desde La Paz hasta la casa de Chala ;)

      • Astrid July 14, 2015 Reply

        Efectivamente la segunda... ambas llegando del trabajo

Expresa tu opinión