Los peces también sueñan

Los peces en su elemento: navegando alrededor del mundo (Foto: http://hillyardladybear.blogspot.it/)

 “En la vida, un día, lo esencial se revela. Los juegos se terminan y nos preguntamos: ‘¿Por qué?…¿Cómo es qué?…¿Qué hago?.. ¿A dónde voy?’. Y, para estar en paz consigo, es necesario dejar de correr, tomar el tiempo para reflexionar, hacer tabla rasa de una multitud de hábitos, de una montaña de prejuicios y no pensar más en los ‘qué dirá la gente’ que amarran la existencia, aprisionando la vida en un vestido demasiado estrecho”  

(60000 millas a vela, Francoise Moitessier)

Si antes no lo tenía muy claro, ahora sé que hacer un viaje largo en un barco de vela forma parte de mi bucket list, léase de la lista de cosas que deseo hacer antes de morir. Sin embargo, sin importar en cuantos barcos me monte, qué mares cruce y a cuáles puertos arribe, siempre habrá un sitial privilegiado para el African Queen. No sólo porque éste ha sido mi casa por más de tres meses y medio, sino porque, anclado como está, me ha llevado, indirectamente, a sitios tan dispares como distantes y me ha regalado experiencias únicas.

Podría hacer una lista de esas vivencias, pero como todo lo que se enumera, terminaría reducido a caracteres en una pantalla, ni siquiera tinta sobre el papel, y perdería su significado. Porque más que un listado, para mí se trata de sincronías. Tal vez de una suerte de pasadizos secretos que, inadvertidamente, se abren ante mí; de pequeños tesoros que –al final son los que cuentan– voy encontrando, a veces sin buscarlos, y que me permiten ver y aprender…no sólo de eso que está afuera, sino de lo que yace en mí.

Se trata también, y vaya que esto es importante, de personas que me invitan a su mundo –y tanto mejor si estos mundos no son ‘convencionales’–, me hacen soñar otras realidades y me muestran otras perspectivas. Y todos y cada uno de estos elementos los pude presenciar cuando compartí más de diez días con una familia inglesa (papá, mamá y dos hijos, uno de los cuales es ciego y autista). La primera sorpresa que me regalaron fue un día inigualable de dicha, risas y adrenalina (gritos de nervios y emoción incluidos)… Al invitarme (ellos pagaron la entrada) al parque de atracciones Cinecittà World, a propósito del cumpleaños de su hijo mayor (el niño con la discapacidad…los mismos papás usan el término ‘disabled‘), me dieron un boleto para regresar a mi infancia y otro motivo para agradecerle a la vida; porque, ciertamente, hay cosas que ni siquiera te esperas (o deseas) y simplemente pasan…Como la oportunidad de montarme en una montaña rusa (en realidad fueron dos) y en una torre de caída libre, de 54 metros, que iba a tal velocidad que ni siquiera tuve tiempo de gritar durante el descenso; si bien mis alaridos se escucharon pocos segundos antes de ‘caer’…El ¡¡¡AAAAAAAHHH!! se me quedó trabado en la garganta y al llegar al suelo, con las piernas y las manos temblorosas, se convirtió en un ¡Waaaaooooo! No podía creerlo.

Pero, después de todo creo que mi vehemencia latinoamericana no fue un problema para ellos, visto que tres días después estaban invitándome a pasar unos días en su casa, en la provincia de Le Marche (se pronuncia Le Marque). Y unos pocos días terminaron convertidos en ocho días, que me permitieron conocer otros rincones de Italia. En la memoria del celular hay ahora fotos de montañas y de cielos que transmiten paz, como esos de la zona de Force (pronunciado Forche); y de la plaza principal (Piazza del Popolo) de Ascoli Piaceno (pronunciado Piacheno), cuyo encanto hace que se cuente entre las más bonitas del país. Si bien es pequeña, hay quien la paragona con la Plaza San Marco de Venezia…y, en honor a la verdad, no exageran. Pero sin duda, las imágenes que no esperaba tener eran las de un Mar Adriático de aguas límpidas, azul intenso… y temperatura agradable. ¡¡¿Qué mejor manera de despedir el verano que con una zambullida?!! Y siendo ellos buenos ingleses, el tea party, con té, galletas y torta tampoco faltó, aunque yo preferí café d’orzo (café de cebada); y siendo yo una buena venezolana, cociné arepas para ellos (ya las había hecho antes tanto para el papá como para el hijo menor) y les gustaron. Intercambio cultural, que llaman.

Y si bien las ganas de regresar a la casa-barco, en Fiumicino, me sobraban, no podía sino estar (muy) agradecida con Dave, Amanda, Lorenzo y Arthur por esta semana especial y por su lección de amor incondicional (son una linda familia). Agradezco que me hayan dejado claro, acaso recordado, que –si bien hay que aprender a fluir con la vida–, nadar a contracorriente puede no reportar mucha seguridad, mas sí brindar un verdadero sentido de libertad y de estar realmente vivos. Si no que lo digan los peces de pecera, que tendrán bien poco que contar…Y esta familia lo sabe muy bien: estuvieron navegando en Europa (Francia, Italia, Grecia, Turquía y España) durante cinco años, y viviendo todo ese tiempo en su barca (Lady Bear); y ahora están terminando de repararla para zarpar de nuevo. A estos peces ingleses dispuestos a seguir sus sueños, va esta entrada y mi cariño también…Y si alguno tiene curiosidad, éste es su blog: http://hillyardladybear.blogspot.it/…Eso sí: está en inglés. Bon voyage, family!!

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