La danza de la domesticación

Los vínculos afectivos son una expresión de domesticación

Ya son casi seis meses en Italia y ya más de un mes en Roma. Casi cinco semanas en las que he vivido en cinco casas diferentes, en zonas diversas de la ciudad y con personajes dispares. Un (nuevo) amigo romano -dueño de una heladería, por cierto- dice que terminaré conociendo la ciudad mucho mejor que él, quien ha vivido aquí toda su vida…Y puede que tenga razón, pero para mí se trata de mucho más que eso.

Es una experiencia que me ha permitido entrar, no por la ventana cual ladrona pero sí por la puerta y a plena luz del día, a la casa de desconocidos o buenos conocidos que merecen ser llamado amigos. Una experiencia que me da otro punto de vista, otra aproximación a esa entidad poliédrica que es la existencia humana. Ahora conozco nuevas historias con nombres nuevos, como la de Clarita, una nonna (abuela) de más de cien años, y la de Luz, la colombiana que la ha cuidado por más de 10 años…y quien ve en aquella a la madre con quien, a causa de su destierro voluntario –por asuntos del corazón–, dejó de compartir tanto momentos. Estas personas ahora existen en mi mundo…y yo en el de ellos, así sea como una referencia.

Sin embargo, es imposible vivir en tránsito sin que el cansancio haga de las suyas. Mas no se trata sólo de cargar mochilas de un lado a otro. Es también esa sensación de estar viviendo diferentes vidas en una sola; y hacerlo, algunas veces, por medio del otro, ya no como una planta parásita, pero sí como el narrador testigo de un cuento: Aquel que sólo relata los acontecimientos y, si bien, puede tener alguna interacción con los personajes, no formula juicios, ni es lo suficientemente relevante como para cambiar el curso de los hechos. Pero si en vez de un libro o de una película, esto fuese una serie de televisión, yo figuraría al final de los créditos como la invitada especial del episodio. Algo así como: “Y la participación especial de Mela como ‘la huésped’ (l’ospite, como dicen en italiano).

Existen también miles de personas que no conozco, pero cuya realidad, ahora más que nunca, no me es ni indiferente ni desconocida. Me refiero, una vez más, a los inmigrantes en condición de vulnerabilidad. No puedo entonces hacerme de la vista gorda…En este caso, como no tengo mayor contacto con ellos, se trata más de hacer ejercicios de imaginación sobre su vida y sobre los motivos que los trajeron aquí.

Pero, definitivamente, esto de vivir multiplicada, desdoblada, que no fragmentada, no ha sido un simulacro. A veces, me parece que nunca había vivido tanto y en tan poco tiempo. De junio a esta parte, ha sido una vorágine (exceptuando las tres semanas en el centro Hare Krishna). Han sido días y semanas de muchos cambios, y algunas veces en sólo cuestión de horas. Época de hacer malabares y de ver también panes y peces multiplicados. Época de milagros cotidianos. Épocas de hacer reencuadres. Época de dejar puntos suspensivos, en lugar de poner puntos finales…De planes abiertos, toda vez que tengo claro que la vida no es un producto empaquetado y sellado al vacío.

Aquí, en Roma, ha sido un período para trabajar –por unos pocos días– como mesera en un restaurante vegetariano, que funciona como espacio cultural; también para ir, poco a poco, conociendo más gente con intereses afines a los míos; para sentirme más segura con el idioma; y para oscilar entre el tedio y el asombro ante la presencia del Coliseo y demás obras del Imperio romano.

Sin embargo, he encontrado que todas esas construcciones de dimensiones increíbles, de las que trato de alejarme para esquivar a la muchedumbre, pueden tener un sentido metafísico si se quiere. Me hacen ver las cosas desde otra perspectiva. Me llevan a pensar sobre la impermanencia de todo, todo que está condenado a cambiar y a dejar de ser…como era. Y visto así nada es (tan) importante, al final del cuento. Porque, seguramente, no imaginaban los romanos que su poderío –que se hizo sentir en casi toda Europa, parte de África y parte de Asia– se acabaría algún día. Y lo que para ellos era el centro del universo, pasaría a ser otro punto en la línea del tiempo; materia de conversación sobre historia y arquitectura antigua; escenografía ya común en las fotos y vídeos de millones de turistas; una alegoría a un tiempo pasado –que parece no haber sido mucho mejor– sin nostalgias asociadas… Aunque puede que a los italianos, en algún rincón no reconocido de sí, les duela no detentar ya el poder que alguna vez tuvieron.

Pero esta temporada (me gusta llamarla ‘mi etapa italiana’, cual Picasso y sus períodos) también me ha servido para confirmar que tengo razones para seguir creyendo en la generosidad de los otros; en la providencia divina; en la voz que me susurra en toda circunstancia, especialmente en las más aciagas, qué debo hacer y a la que sólo puedo escuchar cuando estoy silencio.

Y aunque deseo regresar a Dublín, al mismo tiempo estoy dejándome cautivar por esta ciudad….Y coqueteándole otro tanto. Ella  me mira y yo trato de guiñarle el ojo, pero cómo no sé hacerlo bien, le sonrío…Y ella me sonríe, entonces. Sin embargo, hemos tenido nuestras diferencias; no es esta una relación perfecta. De cualquier modo, lo mío es dejar que me domestique y domesticarla, yo, a mi modo. Soy ahora un poco como El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, venido de lontano.

“–Buenos días- dijo el zorro. Buenos días –respondió cortésmente el Principito, que se dio vuelta, pero no vio nada.
–Estoy acá, –dijo la voz –bajo el manzano…
–¿Quién eres? –dijo el Principito–. Eres muy lindo…
–Soy un zorro –dijo el zorro.
–Ven a jugar conmigo –le propuso el Principito–. ¡Estoy tan triste!…
–No puedo jugar contigo –dijo el zorro–. No estoy domesticado.
–¡Ah! Perdón – dijo el Principito.

Pero después de reflexionar agregó:

-¿Qué significa “domesticar”?
-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?
-Busco a los hombres -le respondió El principito- ¿Qué significa ‘domesticar’?
-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?
-No -díjo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa ‘domesticar’? -volvió a preguntar El principito.
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa ‘crear vínculos’…”

Y a partir de esta noche, posiblemente, serán otros los lazos que forme, cuando abra –literalmente– nuevas puertas: He aquí la sexta mudanza. Ahora, será un sitio donde espero estar por un tiempo muy corto….Sin embargo, me es fácil prever que en este lugar las lecciones serán más interesantes y hasta puede que más profundas.

Comments: 1 reply added

  1. Morris October 12, 2014 Reply

    Hola Melanny, Super Nice 2 Read, Thanks for sharing

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