Los amigos de Francesca

El principito y el zorro son una oda a la amistad entre extranjeros y locales

Ayer mientras paseábamos por el centro de Roma, Francesca, una querida amiga oriunda de Bérgamo, a una hora de Milán, y quien vivió cinco años en Francia, me decía que si en Italia le cerrararan las puertas a los extranjeros no europeos, como yo, ella se quedaría casi sin amistades.

Y si no existieran italianos como ella, yo no tendría amigos. Puede decirse que la nuestra es una amistad simbiótica. Ambas partes, sin que haya una balanza de por medio, se enriquece y crece al dar y al recibir.

Como Francesca no tiene problema alguno para iniciar conversaciones con desconocidos, y yo tampoco, hace unos días  conocimos a un par de malabaristas mientras caminábamos. Al verla con un suéter en la cabeza, para protegerse de la lluvia, uno de ellos a modo de broma le dijo un piropo. Fue suficiente para darnos cuenta que hablaba español.

Resultó ser mexicano. Su amigo era venezolano, como yo… Fue suficiente para invitarlos a cenar con nosotras y con los otros amigos de Fra. Un par de cuadras y un par de preguntas más nos permitieron descubrir que ellos eran amigos de Javier, un malabarista colombiano, amigo de Francesca y de Fabio, su novio. Hasta yo tuve la oportunidad de cenar una vez con Javier.

El mexicano y el venezolanos, cuyos nombres olvidé, estaban viviendo en Berlín. Fue allí, en plena calle entre pelotas y mazas lanzadas al aire, donde se conocieron y se hicieron amigos. “Chamo”, le dice mi paisano venezolano. “Güey”, responde el mexicano. En plena calle conocieron también a Javier, quien es amigo de Cristina, una italiana amiga de Francesca y de Fabio, que vive en Alemania desde hace un par de años. Cristina, extranjera en tierras teutonas, sirvió de puente para que Javier encontrara un sitio donde quedarse por un par de noches en la capital italiana: el apartamento , propiedad de Cristina, donde viven Fabio y Francesca.

Esa noche, en la mesa de un restaurante de comida china había ocho comensales: cinco italianos y tres extranjeros. De los tres extranjeros, dos eran totalmente extraños, que a mala pena hablaban un poco de italiano. Igual, siendo dos idiomas cercanos (el italiano y el español) no tuvimos problemas para comunicarnos. Al menos Francesca tuvo la oportunidad de practicar su español. La práctica lingüística duró hasta el día siguiente. Como los malabaristas no tenían donde dormir, y era casi medianoche, Fabio y Francesca les permitieron dormir en su casa. Ahora imagino que deben estar en Boloña, donde Javier está viviendo con una italiana; y desde donde esperan iniciar el recorrido para regresar a Berlín. En el interín, harán algunas paradas en distintas ciudades para ganar algo de dinero con su rutina de malabaristas. Seguramente, continuarán ampliando su círculo de amistades y de conocidos.

De más está decir que más de una vez yo también he dormido en el apartamento de Fabio y de Francesca. A ellos los conocí en 2015 cuando viví, por unos meses en Domodossola, un pueblito del norte de Italia, a media hora de la frontera con Suiza. La simpatía fue recíproca y el contacto quedó.

Hoy, tres años después, cuando el discurso político en Italia y en el resto de Europa fomenta la xenofobia y la discriminación -y la amnesia: los italianos han “olvidado” que ellos mismos habían empezado a emigrar masivamente a finales del siglo XVIII -, constato lo que algunos italianos que vivían en Dublín me habían dicho. Hay dos tipos de italianos: los que han tenido la oportunidad de vivir afuera y los que no. Es una generalización que funciona.

Existen los italianos que han sido o son extranjeros y los que nunca han tenido la oportunidad de serlo. Quienes lo han sido saben que vivir afuera en un reto. Que las penas y las alegrías se viven con mayor intensidad. Que estar en esa zona intermedia, entre el país de origen y el nuevo país de residencia (temporal o no), no es fácil; y es, al mismo, es una oportunidad única para crecer.

Esos italianos saben que el nacionalismo es totalmente inutil, si acaso sirve para que partidos chauvinistas lleguen al poder, como actualmente está ocurriendo en buena parte del viejo continente. Quizá, es fácil de intuir, que estos políticos nacionalistas nunca han sido extranjeros. Lo único que conocen, excepto por períodos de vacaciones, es el país donde nacieron. Es allí donde comienza y termina la visión reducida y reduccionista que tienen del mundo. Un mundo bicolor: blanco y negro, literalmente. Un mundo plano con dos coordinadas: este y oeste; norte y sur. Jamás un globo de 360 grados. Un mundo hipócrita o al menos naif: buenos (los locales) y malos (los extranjeros).

Como escuché en un foro al que asistí hace unos meses, el extranjero (quien viene de afuera) invita a salir de la zona de confort y a poner en discusión cosas que se daban por sentado. El extranjero es una alegoría, decían los psicoanalistas allí presentes, al inconsciente. Siendo tierras ignotas dan miedo. No se sabe qué puede encontrarse allí. Los extranjeros son en sí mismos una potencial caja de Pandora; y al mismo tiempo pueden ser una fuente de riqueza inimaginable…como el inconsciente.

Si Jorge Luis Borges estuviera vivo y se hubiera sentado a reeditar sus Evangelios apócrifos, probablemente, diría: “Dichosos los  que son o han sido extranjeros, saben que la Tierra es más grande que las miserias y las venturas que se anidan en sus almas”. Probablemente, el mismo Borges, -quien vivió en Suiza y en España, y tenía ancestros de origen europeo-, estaría de acuerdo.

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