La grandeza de los “empleos humildes”

Los empleos humildes son una escuela de vida

La debo mucho a la señora Juanita y es hora de hacerle un reconocimiento público, aunque a ella, probablemente, le importe poco. Ella, sin aspavientos ni peroratas, me ha enseñado mucho. Enseñar es poco. Ella me ayudó a sobrevivir por más de tres años en Italia, desempeñando diversos empleos humildes que la Melanny “periodista” (la etiqueta a la que estaba acostumbrada en Venezuela) jamás había hecho.

La señora Juanita era, fue, de las que no le importaba barrer y pasar coleto (fregar el suelo), limpiar baños, lavar montañas de platos y de ollas, y hasta planchar por horas. A ella no le importaba. A mí sí, casi lo detestaba. Sobre todo planchar. Ella en cambio, lo hacía y ya…escuchando música, cada vez que podía y hasta de buen ánimo.

Aunque yo intentaba convencerla de que las labores de periodista, o cualquier otra de tipo intelectual, podían ser más interesantes, ella me ganaba con su sentido práctico. Ella hacía lo que tenía que hacer y ya. En realidad, sin su disposición para llevar a cabo las faeanas propias de los empleos humildes, yo no habría podido sobrevivir, sobre todo siendo extranjera.

En mi caso se llama, o la bauticé, “la señora Juanita”. En el caso de los demás, los nombres serán otros, pero la lección es la misma. Hacer aquello que debe hacerse con la frente en alta. Ya lo decía el poema del venezolano Elías Calixto Pompa: “la frente honrada que en su sudor se moja, jamás ante otra frente se sonroja”. Hoy, cuando la diáspora venezolana —así como tantas otras— se extiende por los cuatro puntos cardinales, no es de extrañar que ingenieros y doctores vendan hamburguesas, administradores manejen taxis y profesoras trabajen como peluqueras.

Quizá la destreza para meter la carne entre los panes, para atravesar la ciudad sorteando el tráfico y para cortar cabellos no figure ni figurará en sus currículos profesionales. No obstante, la satisfacción de alcanzar metas y sueños gracias a figuras como la señora Juanita, no tiene precio. Eso sin contar que los empleos humildes, paradójicamente, pueden ayudar a desarrollar la resiliencia, la paciencia y la capacidad de adaptación.

Por eso hoy, sin notario ni testigos, sólo puedo decir: ¡Gracias, señora Juanita! ¡Descanse y disfrute, y gracias por haberme acompañado en este buen trecho de vida!

Comments: no replies

Expresa tu opinión