Entre barcas y sueños

entre barcas

Yo sabía que la realidad que conocería en Pozzallo, en Sicilia, no sería color de rosa. Imaginaba, sin mucho esfuerzo, que se trataba de odiseas de alto riesgo: las de los inmigrantes que arriban –ilegalmente– a la costa italiana provenientes lo mismo de Nigeria, Somalia, Eritrea, Pakistán, Libia, Siria o de Egipto, por nombrar sólo algunos. Ellos se habían jugado, literalmente, la vida mientras cruzaban el mar Mediterráneo.

Sin embargo, contemplar el arribo de unos pasajeros que nadie espera despierta sensaciones aún más extrañas. Por un lado hay algo de alivio –mucho más si hay niños de por medio– porque llegaron vivos y ‘sanos’, pero nadie agita las manos ni exhibe sonrisas para recibirlos. Muchísimo menos se escucha algún ‘benvenuti’ (‘bienvenidos’). Ni ellos mismos sonríen y si lo hacen es por haber burlado la muerte. Tampoco lloran ni gritan. Las emociones están como suspendidas en el aire. No ha sido éste un viaje feliz…Luego, mil preguntas vienen a la mente al verlos desembarcar. Mas no hay acercamiento posible para quienes no forman parte del operativo humanitario-militar del gobierno italiano ‘Mare Nostrum’; que, dicho sea de paso, se mantendrá hasta el próximo 18 de octubre, con lo que podrían ser muchos más los que mueran en alta mar.

En el aire quedan también todas las interrogantes sobre las circunstancias de este periplo, el lugar de partida, las razones para dejarlo todo –algunos sólo traen la ropa que llevan puesta– y, especialmente, sobre sus esperanzas. Porque eso es lo único que muchos portan: Esperanzas y sueños pagados bien caros, porque sí hay quienes se lucran trayendo a estos inmigrantes, tal como lo hacen los coyotes en la frontera México/EUA. También estando allí, en la orilla y avistando al mar, uno siente que pese a todo los momentos difíciles habidos y por haber, son pocas las razones que se tienen para quejarse o renegar de la vida, de Dios o del Universo. Es una gran fortuna no ser uno de los tantos que vienen en una de esas embarcaciones –artesanales la mayor de las veces y privadas de comodidad alguna– a intentar una nueva vida en una tierra no prometida.

Una plaza en una de estas barcas puede costar más de mil euros

Al día siguiente tengo la oportunidad de conversar con algunos muchachos –todos son varones y alegan ser menores de edad, aunque lucen un poco mayores– provenientes de Gambia. Entonces, los sentimientos convocados son admiración y cierta compasión. Son valientes, sino audaces. Antes de atravesar el Mediterráneo, hace tres meses, recorrieron no menos de cuatro países africanos. Ahora son huéspedes no deseados en una localidad no acostumbrada a este tipo de inmigración.. e imposible pasar inadvertidos. El color de la piel los delata. Apenas hablan el italiano: han aprendido algunas palabras gracias a la ayuda de algunos voluntarios. Encuentra insípida la comida de estos lados, ignoran cuándo volverán a ver a sus familiares y amigos, y tienes los ojos puestos ya sea en Noruega, en Estados Unidos o en Canadá, adonde esperan ir tan pronto obtengan la documentación europea…al menos eso anhelan. Con ellos, la empatía surge fácilmente. No puedo olvidar que soy inmigrante como ellos, aunque mi situación –quiero creer– es un algo más favorable. Incluso les arrimo mi brazo para hacerles notar que también tengo ‘sangre negra’, como ellos; y el racismo no me es desconocido. ‘La sangre de toda la gente es roja’, replica uno de ellos. Y tiene razón.

Pero ellos no quieren despertar lástima alguna. Usan celulares con acceso a Internet –no sé si los trajeron de África o los obtuvieron aquí, en Italia–; tienen cuenta en Facebook; pasan el tiempo jugando fútbol (en la playa) o futbolín (en la plaza frente al improvisado centro de acogida); y su talento para bailar –un ritmo que suena a hip-hop con reggaetone africano– es innegable. En resumidas cuentas: son unos chamos, casi, como cualesquiera otros de su edad.

La última vez que los vi fue hace casi tres semanas. En aquel momento iban a ser transferidos a otro centro de acogida…y su futuro era totalmente incierto. Hace casi tres semanas también volví a Roma. Esta vez con la certeza de que empezaba otro capítulo de mi vida, tal como lo intuía cundo estaba en el ferry para venir desde Messina, en Sicilia, a tierra firme.

Y ahora, cuando estoy en la ‘Ciudad Eterna’, comenzando de cero; buscando casa y empleo; queriendo hacer nuevos amigos;y con ganas y la necesidad– de aprender el idioma, siento temor y sorpresa a partes iguales. Y pensar que la primera vez que vine, a fines de mayo, estando frente al Coliseo dije: ‘Eres una urbe hermosa, pero no me gustaría vivir aquí’…Y en ese momento, quizá, un genio –con algún problema auditivo, creo– salido de la botella escuchó todo lo contrario. Y heme aquí, en Roma, familiarizándome con avenidas, plazas, calles y callejuelas; dibujando el mapa mental del sistema de metro/tranvía; memorizando la ruta de los autobuses; esquivando turistas (lo que es particularmente difícil, porque esta metrópoli está repleta de encantos y de reliquias arquitectónicas) y, sobre todo, buscando el modo de sacarle provecho a esta oportunidad que se presentó sin que yo la buscase, pidiese o la soñase. Pues esto de vivir en Roma, aunque temporalmente, nunca formó parte de mis sueños. Quizá esto no es más que eso: Un sueño. ¿Pero quién es el durmiente que sueña?, ¿es una yo remota, tal vez de alguna otra vida?, ¿será el alma de esta ciudad?, y ¿cuándo acabará este sueño? Yo sólo espero que al despertar pueda sonreír…y si alguna lágrima se escapa, que sea de dicha y de gratitud por lo vivido, por lo aprendido. Es lo que quiero: Dar las gracias por el sueño nunca soñado que se hizo realidad.

Respecto a quienes esperan encontrar aquí una segunda oportunidad, lejos de la guerra y la persecución (por razones étnicas, sexuales, políticas o religiosas, entre otras), sólo puedo desear que la pesadilla termine pronto…así como el mejor desenlace posible en sus países.

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