La ciudad de la ‘D’

La pintoresca 'Piazza del Mercato ' (Plaza del Mercado) es el núcleo vital de la localidad

‘El mar que llama a todos a regresar a sí mismo me llama, y y tengo que embarcar. Quedarme, aunque las horas queman en la noche, es congelarse y cristalizarse y estar vinculado al moho.Tengo ganas de llevar conmigo todo lo que está aquí. Pero, ¿cómo podría? Una voz no puede llevar la lengua y los labios que le dan alas. Sola tiene que buscar el éter. Y sola y sin nido volará el águila hacia el sol’

(Khalil Gibrán, ‘El profeta’)

Hace una semana me despedí del African Queen…y claro que lloré. Lágrimas de tristeza, pero sobre todo de dicha y de gratitud. ¿Cómo no hacerlo si estuve allí cuatro meses? Cuatro meses que, inicialmente, serían unas dos semanas.¿Cómo no iba a llorar si esta experiencia me dio la oportunidad de conocer tantas personas especiales, hacer nuevos amigos, divertirme mucho, explorar otros puntos de la geografía italiana, viajar en un barco de vela, aprender un poco del mundo de la navegación y, sobre todo, abrir mis horizontes? ¿Cómo no llorar al despedirme de una parte de mí… de una que fue feliz? Y no hablo de la felicidad de la publicidad, sino de esa que reportan los pequeños momentos, las sincronías mágicas, los encuentros signados, las cenas y almuerzos concurridos, los helados, los paseos en bici y los cafés a la sombra de un árbol. ¿Cómo no sentir un poco de asombro al recordar la vida de marinera; durmiendo en un camarote estrecho y compartiendo, a bordo de un barco, el día a día con una tripulación de hasta ocho personas? Porque vivir en un barco no es la cosa más común del mundo, aunque para mí era ya la normalidad. ¿Cómo no sonreír al recordar las labores de pintura, carpintería, limpieza, lavandería, jardinería, costura y cocina que tuve la oportunidad de hacer? En fin, ¿cómo cerrar un capítulo tan rico en vivencias sin sentir un huequito en el corazón, por aquello que estaba dejando atrás, y algo de temor por aquello que vendría? Por esto que ya empezó, de hecho…Y el cambio ha sido del cielo a la tierra…Más apropiado es decir: Del mar (yo vivía cerca de la desembocadura del río Tiber en el Mediterráneo) a la montaña (ahora vivo a 420 metros de altura sobre el nivel del mar). Y desde la ventana de mi habitación, una habitación tradicional, –con una ‘cama normal’, en una ‘casa normal’ (no nos movemos cada vez que el viento sopla ni tampoco pasan barcos que crean ondas)–, tengo una vista panorámica de la ciudad de Domodossola, flanqueada por las montañas prealpinas (cercanas a los alpes suizos). Y sin aguzar la vista se puede ver, incluso, la nieve que corona algunas cimas.

¿Qué decir de la temperatura? Los shorts, camisas sin mangas (franelillas) y vestiditos que usaba en Fiumicino –con tanto calor que hacía eran la mejor opción– ya no verán la luz, sino hasta el año próximo…Y ahora –sobre todo con el otoño que comenzó hoy, oficialmente– son bufandas y suéteres los que tienen protagonismo en este parte, al norte de Italia…A casi 738 kilómetros de donde vivía…Sin mar en cuya orilla pueda ver el atardecer. De hecho, un amigo fiumicinese, surfista enamorado del mar que lo vió crecer, me preguntaba, con ánimo de reproche: ‘Cosa vai a fare lassù? La non c’è neanche il lungomare per fare una passeggiata in bici(¿Qué vas a hacer allá arriba? ¡¡Allá no hay ni siquiera un malecón para pasear en bici!!)  Ni hablar de los otros que me advertían del modo cerrado y serio de la gente de estos lados (debo decir que los romanos son simpáticos y de talante alegre…y más aún si viven cerca del mar). Así que bueno, cuando venía en el tren  –más de doce incómodas horas de viaje– estaba que explotaba entre la alegría por lo vivido, los nervios y la incertidumbre ante lo que encontraría…y el cansancio. Y cierto había leído algunas cosas en Internet, pero las fotos de montañas y plazas no me decían tanto. Domodossola es un lugar que todos conocen de nombre –al aprender el alfabeto fonético o al deletrear, los italianos suelen decir ‘D de Domodossola–, pero en el que pocos han estado y mucho menos vivido. No había opción sino venir. Lo realmente importante sólo puede descubrirse de manera directa y personal. Punto.

Y una semana aquí, me ha permitido conocer un poco de una ciudad acogedora, con una plaza principal (la Piazza del Mercato) como de cuento; gente con un hablar pausado, tal vez un poco quedo; gente diría sencilla, tímida tal vez, más no antipática…Tengo ya también algunos nuevos conocidos, potenciales buenos amigos. Son sólo primeras impresiones. Los días y las semanas me irán revelando más. Por lo pronto, si bien hay añoranzas, también hay emoción por todo lo nuevo por descubrir…allá afuera y aquí adentro. No importa que la canción diga que ‘en el mar la vida es más sabrosa’.

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