Su luz y su aroma en la piel

La diáspora venezolana pica y se extiende

Si hay un lugar al que evito ir a toda costa es al Vaticano y sus alrededores, siempre lleno de turistas haciéndose selfies, de guías buscando turistas y de vendedores con toda suerte de mercancía para turistas (estampitas, rosarios, llaveros, etc.). En mi ecuación mental, Vaticano es igual a turistas.

Por eso, estar por esos lados, un domingo de julio, en pleno verano, léase temporada alta, es algo inconcebible…o al menos lo era hasta hace cuatro días. El domingo 16 de julio, en pleno mediodía y con 30 °C, allí estaba yo, en la Piazza del Risorgimento, a cinco minutos a pie de la Basílica de San Pedro. Fui, con mucha alegría, a dar una mano en el plebiscito organizado por la oposición venezolana para recuperar la democracia en el país.

Esta vez los turistas no me incomodaban. Todo lo contrario. Su presencia me hacía feliz, porque era un modo de que más gente, italianos y extranjeros, supieran lo que está pasando en Venezuela. Tantas personas de distintas edades, cantando, gritando, ondeando banderas y haciendo fila bajo el sol -por más de ocho horas- no podían pasar desapercibidas. Tanto amarillo, tanto azul,  tanto rojo y tanto blanco. Blanco de siete estrellas y, sobre todo, blanco de paz.

Y entre quienes votaban había un solo sentir: ‘regresar a Venezuela’. Lo decían con palabras diversas, pero con la misma voz cortada por la emoción. A lo que seguía: ‘Sí, Dios mediante’; ‘sí, si Dios quiere’; ‘con el favor de Dios’; ‘amén’ y demás expresiones de fe y buenos augurios. Imaginaba entonces que la escena se repetía, se había repetido o habría de repetirse (según la diferencia horaria) en Egipto, Australia, Irlanda, Chile, Mozambique, España, Francia, Colombia, Argentina, Estados Unidos, entre tantos otros países. En Venezuela, en cambios, la frase sería: ‘Así fulano o mengana podrá volver’. Y seguramente los ‘Sí, Dios mediante’; ‘sí, si Dios quiere’; ‘con el favor de Dios’; ‘amén’ habrían tenido lugar.

Después me quedé pensando que, acostumbrados como estábamos a recibir gente de otros países, jamás imaginamos que pasaríamos a ser protagonistas de un éxodo masivo. La llamada ‘diáspora venezolana’. Jamás imaginamos que aprenderíamos qué (y cómo) era vivir con el corazón y los afectos desperdigados. Jamás imaginamos que seríamos nosotros los del acento particular, sea que estuviésemos hablando en inglés, en italiano, en portugués o en español.

Hoy la diáspora venezolana se traduce en más de un millón y medio de personas viviendo con una pequeña herida, que antes o después cicatriza, pero que estará allí toda la vida; en el aura de ‘yo no sé qué’ de quién se va. Una herida mágica poderosa como pocas. Como dijo Leonard Cohen: ‘la grieta para que la luz pueda entrar‘.

La diáspora venezolana son millares de personas que han debido reinventarse –lo que no es tan sencillo– y comenzar de cero…aunque no se trata de un cero absoluto. Se trata más del cero de la ‘nada’ que se traduce en todas las posibilidades. El cero de los nuevos comienzos, de las semillas ‘made in Venezuela‘, que se siembran en nuevas tierras.

Mientras tanto, la Venezuela que nos acompaña dondequiera que estemos cuenta con nosotros: para que demos muestra de su grandeza y, sobre todo, para que regresemos a ella…así sea de visita, como hacen los buenos hijos. ¡Gracias por tanto Venezuela! ¡Nos vemos pronto!

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