Viajar por Latinoamérica II: crónica de autobuses

Más que un simple autobús, un universo paralelo (Fuente: Internet)

Si bien tenía ya dos meses en este lado del charco, fue después de cruzar la frontera de Brasil, para entrar en Bolivia, cuando empecé a sentirme en Latinoamérica. Quizá porque, con el perdón de los brasileños, para mí, Latinoamérica habla, canta, baila y suena en español.  También a partir de ese momento vi que narrar lo que ocurre en el transporte público, a modo de crónica de autobuses, es el mejor modo de describir esta parte del mundo.

La lista de “peculiaridades” de las crónica de autobuses podría ser larguísima. No se debe olvidar que Macondo podría ser o encontrarse en cualquier lugar de Latinoamérica. Sin embargo, los siguientes aspectos no dejan de ser dignos de atención:

  • Ver que a la falta de estructuras de servicio vial no es un problema. Mientras que haya montes y terrenos baldíos se podrá atender las urgencias fisiológicas… Tal como en Bolivia, cuando paramos en medio de la nada, a un lado de una carretera, para que todos fueran al baño en pleno monte, en lo que fue un “urinario colectivo” al aire libre.
  • Descubrir que se puede torturar a un pobre mortal con reggaetone, vallenato, rancheras o cumbias villeras por más de una hora de viaje… y si a eso se le suman las curvas en las alturas, el resultado puede ser más que lastimoso.
  • Preguntarme si, tal vez, sería mejor quedarse con las películas (¡me pregunto si hay algún criterio para elegirlas!) de matazón, golpizas, super policías y super ladrones, de explosiones y de balaceras que, según los de la compañía de autobuses, hacer el viaje más “placentero”.
  • Persignarme, coincidencialmente, al mismo tiempo que el chofer… y saber que ese gesto, casi un acto reflejo, no pasa por la religión institucionalizada (nada más lejos de eso), sino por el sentido de conexión con la espiritualidad que nos lleva a decir, también casi automáticamente, “Dios mediante”, “si Dios quiere”, “gracias a Dios” o cualquier otra de sus variantes, sin que ello implique santurronería o fanatismo.
  • Comprobar que la noción del tiempo es más relativa de lo que se puede pensar. Así que “ya estamos saliendo”, “salimos en cinco o diez minutos”, “ahorita no más” o “ya mamita, ya nos vamos” puede traducirse en 30, 60, 90 o incluso 120 minutos de espera. Ni hablar después si, a pesar de la demora, el conductor se detiene para comer… a veces sin ni siquiera decirle a los pasajeros. ¿Qué importa si los pasajeros tienen que esperar…todavía más?
  • Y la peor de todas: descubrirme pensando, en voz alta: “Estas vainas no pasan en Europa”, como si yo fuera inglesa, alemana o española y no latinoamericana por los cuatro costados
  • Ver a vendedores ambulantes que suben en el terminal, antes de la salida, y en algunas alcabalas para ofrecer agua, refrescos, jugos artificiales, arroz chino, pollo, pastelitos y chucherٌías en en general. Verlos también subir en los autobuses urbanos esta vez para ofrecer chocolates, caramelos, auriculares, cargadores, afeitadoras y hasta aceite de palo santo (aparentemente “milagroso”).
  • Constatar, con sentimientos encontrados, que muchos de los “comerciantes express” son mis paisanos… jovencitos, la gran mayoría. Sentir por una parte rabia y tristeza, pues jamás imaginaron que un régimen de corruptos y narcotraficantes los llevaría a tierras lejanas para tener una experiencia similar; y al mismo tiempo sentir orgullo y admiración, porque en lugar de mendigar —a veces hasta usando a sus hijos pequeños—o, peor aún, robar, se las arreglan lo mejor que puede para “echar pa’lante” dignamente… Y, honestamente, los que deciden trabajar son más que los otros, quienes prefieren exportar la práctica de extender la mano para recibir, como bien aprendieron en más de veinte años de narcogobierno, creyendo que el facilismo podrá llevarlos muy lejos. Estos últimos, a decir verdad, son jóvenes y sin impedimentos físicos aparentes (no son mancos, mochos, ciegos ni sordomudos), a diferencia de Johan, a quien conocí en un autobús en Quito cuando ofrecía galletas, yendo de allá para acá, con una prótesis en la pierna derecha (me contó que perdió la extremidad en un accidente en Venezuela). Él tiene más de un año y medio en Ecuador. Le va bien. Lo que gana, entre autobús y autobús que recorren el norte de la ciudad, se lo envía a su familia (esposa y dos hijas), que está construyendo una casa. Su idea, me dijo, es regresar tan pronto como caiga el régimen. Su idea y su deseo, así como el de la inmensa mayoría. Y cuando él y todos los demás regresen a Venezuela, seguramente, serán mejores personas; y, ciertamente, sabrán ayudar a reconstruir el país y apreciar y valorar eso que antes daban por sentado. Serán también más humildes, pero al mismo tiempo más fuertes y resilientes. Regresarán a casa con más de lo que se llevaron, así tengan una sola maleta, pues habrán descubierto que la inmigración es una experiencia, un proceso, no indoloro, que te abre los ojos, la mente y el corazón… y una vez que eso ocurre no se puede dar marcha atrás.

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