Saber o no saber: he ahí el dilema

El plástico es el mayor protagonista de la contaminación marina (Imagen de 'Advertisers without borders')

Sin pretender volver sobre mis pasos, tuve la oportunidad de ir de visita a Fiumicino. Se suponía sería una estancia de no más de tres o cuatro días, pero terminaron siendo casi 14. Y era una sensación muy particular la de regresar al sitio que había sido mi casa durante una buena temporada del año pasado: me refiero tanto al astillero como al barco. Saludos de bienvenida o ‘bienvenida de nuevo’, para ser más precisa, no faltaron. Y a cada saludo seguía la historia de la ecoaldea donde me encuentro. Para mi sorpresa más de uno conocía, al menos de nombre, este sitio. Sin embargo,tampoco faltaron cejas alzadas: Habitar en una comunidad en el medio del bosque no es lo más común del mundo, si bien la vida aquí es cualquier cosa menos ‘silvestre’ o ‘exótica’…almenos según mi punta de vista.

Y quién sabe si a consecuencia de las dos semanas que ya tenía en la ecoaldea , sumadas a los dos meses sometida a las lecciones de ‘economía doméstica’, pero ahora veía cosas que antes no. Ahora podía ver cuan contaminante es la industria de la navegación y no me refiero solamente a los barcos petroleros…Hago referencia a las grandes cantidades de plásticos que se usan a bordo de los barcos; al combustible, a las pinturas y a los productos químicos usados para mantenerlos y repararlos; y a todas la gama de sustancias que terminan en el mar y que amenazan la flora y la fauna marinas; y degradan la condición de la atmósfera. Y no exagero. La emisión de dióxido de carbono, metano y óxido de nitrógeno, entre otros gases de efecto invernadero generados por las embarcaciones es notable, según reconoce la misma Organización Marítima Internacional.

En el astillero pocos hablan de la contaminación del mar

Claro, un astillero pudiera no ser el mejor sitio para tocar el tema…a menos que se quiera ganar la antipatía de todos, empezando por los accionistas y los empleados de la empresa. No obstante, un poco tímidamente compartí mi inquietud –muy lejana de ser una recriminación– con mi amiga, la dueña del barco, y encogida de hombros me dijo que construir una casa es aún más contaminante. ¿Y qué decirle? Con o sin información sustentada como para entrar en detalles, no valía la pena engancharse en un debate (estéril) para determinar si contamina más producir cemento y ladrillos, o vivir en una embarcación…así se tratase de una barca de vela. Y no valía la pena, porque el punto principal no era decir qué fuese más o menos ecológico; porque hacer vida en un barco, aunque anclado en el río Tíber, ha sido una de las mejores experiencias que he tenido; y porque navegar en una barca fue algo que disfruté mucho… y, sobre todo, espero volver a hacer pronto.

Pero lo que sin duda es incómodo es la sensación recurrente de cuestionarme cosas que otros, queriendo o no, obvian…Porque incluso sin hacer las veces de predicadora  –evito a toda costa sentar cátedra– es difícil compartir estos planteamientos sin pasar por ‘aguafiesta’, ‘intensa’ y toda esa suerte de adjetivos que se le endilgan a quienes dicen lo que nadie quiere oír. Dicen que la ignorancia condena al hombre, pero el saber algo tampoco es un salvoconducto. Todo lo contrario.  Así como el testigo presencial de un crimen pasa a ser cómplice aun sin haber empuñado un arma, quien sabe algo pasa a tener una responsabilidad con la que no es fácil lidiar…sobre todo si no se sabe qué puede hacerse para contribuir a la solución. Hablar no es suficiente. De profetas del desastre, el mundo tiene bastante, tal vez demasiados.

Ser consciente de algo y actuar en consonancia es la diferencia –por no decir el ‘precio’– entre ser un niño y un adulto, me decía una instructora de yoga, a quien conocí el año pasado…también en Fiumicino. Claro, con ella no hablé de mis preocupaciones sobre el agua contaminada, el aire irrespirable, las montañas de plástico en el océano, los animales en peligro de extinción y, sobre todo, de la gente a la que todo esto no le importa.

Mas como me ocurre cada que vez que temores apocalípticos me invaden, me conforta recordar las líneas de (Julio) Cortázar: ‘Probablemente de todos nuestro sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose.’ Y es entonces la esperanza (misma) la que me lleva a recordar que hay una inteligencia superior que nos trasciende, como seres humanos, y que esa misma inteligencia tiene sus mecanismos de regulación, podemos llamarla homeostasis, que actúa sin importar los barcos, las casas, los astilleros, los ignorantes, los paranoicos y  los optimistas.

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