Con ella en la distancia

A donde vaya parte de mi corazón está en Caracas
Y de repente pareciera que no hay punto de retorno y de haberlo, que lo hay, sabes que ya no es para regresar adonde estuviste antes. Ya ese lugar, esas circunstancias, esa gente no están allí. Ya son sólo recuerdos, memorias, imágenes… felices, dulces, bonitas, pese a una que otra nota amarga. Ella sigue estando allí, a los pies de la montaña que la separa, tal vez la une, con el mar Caribe y con la vena de agua sucia –el río Guaire– que la recorre… Sí que la extrañas: añoras su cielo azul despejado y su sol generoso, especialmente su luz en los meses de diciembre a febrero, su cerro Ávila, su gente, sus panaderías, algunos de sus rincones, sus salas de ‘cine de autor’,  –con la entrada a precios irrisorios–, el parque donde ibas a correr,  los lugares para tomar café con tus amigas…Pero no, no hay modo de volver atrás. No hay avión que te lleve a ese pasado de dicha ignorada, porque fuiste feliz en el día a día de la revista en la que trabajabas; y tuviste también momentos de genuina alegría en el canal de televisión donde estuviste antes…Echas la memoria, que no la vista, un poco más atrás y te encuentras (a ti misma) sentada en la grama de la Uni, almorzando, viendo pasar la gente, viendo pasar la vida, conversando con amigos, garabateando algo en un cuaderno o repasando los apuntes antes de un examen.
Recuerdas también lo mucho que te gustaba manejar. Ibas en tu carro, escuchando música, cantando –cual si estuvieras en una tarima– y bailando, indiferente a los transeúntes y conductores que te veían y se reían. De esos momentos, a veces eran horas atrapada en el tráfico caraqueño, sólo te quedan los recuerdos de las canciones… te quedan en la mente, pues ya no tienes el Ipod ni muchos menos los CDs. ¿Qué te queda ahora? Te quedan los recuerdos… Recuerdos que no pesan, si bien son muchos; simples pero valiosos; vívidos pero ausentes. Postales sonoras, nostalgias olfativas, melancolías que saben a pan, a golfeados, a café, a cocada. Fotos olvidadas que anidan en ti…Entonces, te descubres descubriendo que cuando regreses, –vaya  que quieres ir de visita–, Caracas seguirá estando allí, pero ya no será ella. No hay manera ya de encontrar a quiénes estaban donde solían estar; y los sitios mismos ya no son lo que alguna vez fueron, pues cerraron sus puertas. Sin embargo, no sientes rabia, ni dolor ni desconsuelo. Sabes que tú tampoco eres la misma que en alguna oportunidad se perdió, se reencontró y volvió a perderse en ella. Ya no eres exactamente la misma persona que la amó, la odio, la bendijo, la condenó, la disfrutó y –cual si fuese una adicción– tanto la necesitó…Y en la distancia y sin ánimos de volver a anidar en ella, la sigues amando. La amas porque Caracas es parte es de ti (ella te vio nacer) y tú de ella (tú la viste metamorfosearse en una entidad salvaje y dura).
Ahora, y desde hace 15 meses, son otras las calles que recorres y descubres. Otros los rincones donde te pierdes…Otros los caminos, los callejones y las avenidas que transitas –a menudo en bicicleta– y otros los nombres y referencias que tienes en tu mapa mental…Ya son otros los que te encuentras en la calle; porque, tal vez por ser pequeña, Dublín fue hecha más para los encuentros que para los desencuentros. Basta entonces que, por ejemplo, vayas de regreso al lugar donde vivías para que te topes, en pleno mediodía, con el italiano que hace dos semanas habías conocido en un pub; bastan dos semanas más para que vuelvas a encontrarlo en otra calle y otros meses más para vuelvan a cruzarse, pero en esta ocasión en el otro lado de la ciudad…Y todo porque, en lugar de tomar un camino, decidiste doblar a la izquierda una cuadra antes y, así, poder pasar al lado del canal de agua que va de un lado al otro de la capital irlandesa. 
Y entre ir y venir, te das cuenta que, cada vez más, le has ido agarrando cariño a este lugar. Quizá porque este verano ha sido tan grato que te has sentido como si estuvieses en Caracas. Hasta recuperaste tu color, porque hay que decirlo: estabas destiñéndote. Y posiblemente como, de algún modo, ya te sientes lugareña sientes cierta aversión hacia los turistas que, por estos días, inundan las calles del centro. Lo cierto es que, aunque una parte del corazón está en el otro lado del charco, en Venezuela, donde sueñas con tenderte a la orilla del mar Caribe, en Choroní; tú estás feliz de estar aquí, de (re)descubrir nuevas cosas cada día, de conocer gente distinta –en más de un año has conocido a los más variopintos personajes– y de seguir viviendo esta historia, un día a la vez… La mayoría del tiempo sintiendo que avanzas a ciegas, pero con la emoción de saber que fuese cual fuese el lugar de llegada, esta  transición es una bendición…. Y tú quieres sacarle el mayor de los provechos. 

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