El circo de la inmigración – Primera parte

¡¡Bienvenidos al circo de la inmigración!

-¿Pero es útil sentirse en culpa?, preguntaba una estudiante de unos 13 años durante la charla de sensibilización sobre inmigración y multiculturalidad.

Su pregunta era pertinente.

Apenas habíamos hablado de los numerosos motivos que llevan a las personas a emigrar… y no siempre en las mejores condiciones. Su interrogante surgía después de escuchar –y no es un secreto, aunque muchos lo ignoran o pretenden ignorarlo– que Italia vende las armas que son usadas en guerras en Asia y en África. Así es el circo de la inmigración, lleno de contradicciones y de paradojas; de sangre y de hambre.

Sin ir muy lejos, hace unos días leía que en una fábrica alemana instalada en la Sardeña, una isla italiana en el Mediterráneo, se fabrican las bombas que son usadas en Yemen. Esta empresa es la principal fuente de empleo en un área que, tradicionalmente, vivía de la elaboración de aceite de oliva. Los tiempos han cambiado, la pobreza y el desempleo en el territorio sardo, así como en el resto del país, han aumentado y las ofertas de trabajo escasean.

Así que el pan que unos llevan a casa se traduce en la vida (o en la muerte) de muchísimos otros. Claro: con hambre no se puede pensar. Y después de todo, con miles de kilómetros de por medio, allende los mares, uno solo puede encogerse de hombros. ‘Ojos que no ven corazón que no siente’, se podría decir.

Pero los ojos europeos sí ven, por mucho que les de fastidio, a miles de personas que llegan cotidianamente, en avión, en barcas precarias o hasta a pie, para escapar de la guerra, de la pobreza y de la barbarie.

Después de un suspiro, Adriana, la colega que estaba conmigo en la presentación, respondía:

 -¡Bueh!…La palabra culpa es antipatiquísima. No se trata de sentirse culpable por algo que no has hecho. Se trata de conocer la situación y de ser responsable. ¿Cómo? Haciendo lo que puedas para que las cosas cambien, para bien.

Mi respuesta fue más o menos la misma. Aunque estos muchachitos no tienen responsabilidad alguna, viviendo en la sociedad que viven, pronto tendrán que asumirla. Tanto mejor si son conscientes de las causas que producen ciertos efectos.

Ahora, después de casi cuatro años en Italia, escuchando hablar cada día, sin exagerar, del ‘fenómeno de la inmigración’ o de la ‘crisis inmigrante’, como dicen tanto políticos y medios de comunicación, veo un panorama más completo. Sin embargo, me siento peor. Siento rabia y frustración. Me siento (prefiero decir ‘sentir’ y no ‘ser’) cínica. Y por mucho que me divierta recurrir al sarcasmo y a la ironía, el cinismo no me gusta. Al menos no cinismo como negación de la bondad y mucho menos del optimismo.

Siento rabia y frustración porque veo que, al final, asisto a un circo. A un teatro. A una representación. Al circo de la inmigración. Los espectadores pasivos, –solamente activos para mostrar su rechazo a los inmigrantes, a quienes responsabilizan de la crisis económica que desde hace diez años aqueja a Italia– no hacen preguntas. Para ellos el problema es que quienes llegan de tierras lejanas pueden representar más bocas que alimentar.

¿Y los verdaderos responsables? Los productores y vendedores de armas, ‘los señores de la guerra’ están tranquilos. Los productores y vendedores de petróleo (la actual dictadura venezolana entre ellos) nadan en la riqueza. Los dueños y ejecutivos de transnacionales que –reproduciendo esquemas colonialistas– depauperan países ricos en recursos naturales y, paradójicamente, en miseria también, viven la dolce vita. Los productores y vendedores de drogas (el narcogobierno venezolano, entre ellos) gozan de la impunidad.

Los grandes beneficiarios del circo de la inmigración, son también los primeros que condenan a quienes emigran. También son ellos los que llegan al poder, gracias a sus discursos xenófobos. Al mismo tiempo, las corporaciones y particulares que hacen parte del circo de la inmigración destinan, indirectamente, fondos al patrocinio de ONG’s y asociaciones que trabajan en el ámbito de la inmigración/derechos humanos…y reciben exenciones tributarias por hacerlo. ¡Este circo es peor que el ‘Circo beat‘ de Fito Páez!

Y yo que ahora tengo una claridad que antes no tenía, que puedo ‘unir los puntos’, me pregunto sobre el verdadero sentido de continuar a ayudar a quienes llegan de países en conflicto o en condiciones de penuria, sin tomar acciones sobre el verdadero problema. Me pregunto sobre la verdadera utilidad de paliar los síntomas sin eliminar los agentes causales. Este el el circo de la inmigración. Pienso en ‘La oveja negra’ de Augusto Monterroso:

“En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada.

Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura”.

Ahora yo, así como la estudiante, aunque tengo al menos veinte años más que ella, tengo muchas preguntas. Ahora estoy replanteándome lo que quiero. Porque hasta ahora me sentía llamada (o pensaba que lo era) a trabajar en el ámbito de los derechos humanos y de la inmigración. Ahora, cuando experimento una ‘perdida de la inocencia’; cuando en vez de sonrisas veo muecas, mis principales  interrogante son:

-¿Es útil ‘sentirse’ cínica?

-¿Cómo ayudar sin ser parte del circo?

 

Comments: 2 replies added

  1. Silmar Jimenez January 29, 2018 Reply

    Excelente texto, como siempre. Te mando un abrazo enorme.

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