La virtud bastarda

Gracias a su humildad, Cenicienta pasó de sirvienta a princesa

La semana pasada estuve en la casa de una conocida, quien había organizado una terapia espiritual con un grupo de israelíes, para darle apoyo ‘logístico’…entiéndase cocinar y limpiar. Recuerdo que el primer israelí que conocí me impresionó. Era un muchacho de 28 años, con dreadlocks, tatuajes…y de piel oscura. ‘No sabía que hubiese judíos negros’, pensé…y aclaro que yo también soy de piel oscura. Así que el comentario es cualquiera cosa menos racista. Al verlo, recordé que el judaísmo proscribía todo tipo de alteración o mutilación del cuerpo, excepto que fuese por razones médicas. Sin embargo, no hice comentario alguno o menciones a la Torá y a sus preceptos. Mi urgencia era saber su posición acerca del conflicto árabe-israelí. Entonces y a sabiendas que me metía en territorio espinoso, pregunte: ‘¿Eres pro-sionista?’ Él se limitó a responder: ‘Soy pro seres humanos, no importa su nacionalidad ni su credo’. Sonreí. Respiré aliviada..y satisfecha, para ser sincera. El resto del grupo, unas 13 personas, le era afín: compartían la misma visión y, en su mayoría, también tenían tatuajes.

En otro acto de audacia verbal, visto que la religión -y más en un contexto bélico como el de Medio Oriente- es un tema delicado, me atreví a expresarles mi sentir a una buena parte del grupo. Les confesé que estaba contenta de haberlos conocido, porque me permitían abrir mi mente. Sin hablar del genocidio nazi, del cual efectivamente no hablamos, les dije -con cierta sinceridad suicida, reconozco- que el discurso del ‘pueblo elegido’ me resultaba antipático, por decir lo menos. ¿’Elegidos’ según quién? Y resultaba que también para ellos era una idea pesada…Al final es sólo eso: una idea más. ‘Y en caso que fuésemos el pueblo elegido, tendríamos la responsabilidad de ayudar a otros a ser elegidos también’, agregaron. Me sentí, nuevamente, esperanzada…y más ligera. Me había quitado un prejuicio de encima.

Y quien sabe si por la falta de sueño, pero, por esos días, estaba mucho más receptiva. Quizá por eso, tuve una (especie de) revelación. Esta vez, a solas con la aspiradora, mientras limpiaba las alfombras, lo que hasta ahora era un cuento de hadas, se reveló como algo más profundo. Una verdad metafísica, casi.

Yo no estaba por ir a ningún baile ni a ningún evento por el estilo, pero estando arrodillada, gracias a los misterios del subconsciente, la imagen de ‘La Cenicienta‘ se me hizo presente. Comprendí que lo que le permitió cambiar su suerte y tener un lugar dentro de la familia real no fue su belleza ni el vestido que usaba. Esta es sólo la lectura simplista y un tanto más machista. Una vez más, ‘el príncipe’ se erigía como el rescatador de la ‘pobre’ muchachita.

Según las distintas versiones del relato se produjo gracias a un árbol, a un hada madrina, a la madre ya difunta e incluso a un pez mágico; pero yo creo que el ‘milagro’ fue más una consecuencia y una recompensa de la humildad de Cenicienta. Porque si de algo fue desprovista, fue de su sentido de importancia. No solo su apariencia estaba camuflada entre mugre y harapos, sino que sus orígenes nobles no le ahorraban el maltrato de la madrastra y de las hermanastras. Nada de eso contaba. El ego de Cenicienta había sido, para bien o para mal, anulado.

Muy poco inmodestamente, me sentí contenta por esta epifanía; y movida por la curiosidad, encontré otras explicaciones en Internet. Según el sitio http://mythicspiral.blogspot.it, la parabóla habla de la resiliencia de frente a la adversidad; del sufrimiento y la rendinción;  y  hasta de la búsqueda de amor e iluminación por parte del espíritu humano.

Paradójicamente, no es éste el mensaje masivo de la historia de Cenicienta…Tal vez porque la humildad es una de esas cualidades extrañas y tan impopulares que despiertan suspicacia. Ni la publicidad ni los medios de comunicación la promueven. Y encima de todo, la humildad, simple como parece, es difícil de ‘forjar’ y hasta engañosa… El mero hecho de decir: ‘Yo soy humilde’ puede ser un modo de traicionar la cualidad que se asegura tener. Y a la hora de la verdad, los modelos de humildad, excepto que sean personajes bíblicos, tampoco abundan. Mas quién sabe cuantos otros milagros tendrían lugar si la humildad, sin ánimos de protagonismo y  silente mas contundente, viene a instalarse, a mitad de camino, casi como un puente, entre unos y otros. Sin importar, el credo, la bandera, el color y todas las demás circunstancias. Y todo esto sin necesidad de hadas madrinas, de ratones, de calabazas ni de zapatillas de cristal.

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