Mis 17 abuelas

Lo más duro de trabajar como camarera era tender las camas (Foto: Intenet)

El día después de dejar Palermo, estando en la casa de mis amigos de Toscana, se abrió una puerta inimaginable: la de un hotel en un pueblito de montaña llamado Roccaraso, en Abruzzo. En verano es el reino del tedio, pues no hay mucho qué hacer o qué ver; pero en invierno, gracias a su altitud de casi 1300 ms.n.m es un imán para quienes desean esquiar.

Yo sabía que venía a trabajar como mucama o ‘camariera’, como dicen en italiano; y luego de la estadía en el B&B (bed and breakfast) en Catania, yo (creía que) estaba más que clara acerca de la naturaleza del trabajo…Sin embargo, estaba equivocada: aquí nadie interactúa con huéspedes de distintos rincones del planeta (los pocos que hay son italianos), la diversión escasea y a nadie le gusta lo qué hace. Las jornadas tampoco son amables. En mi caso, son diez horas diarias –de 7 am a 5 pm, con menos de 40 minutos de pausa para almorzar– de lunes a lunes,  aunque puede que un poco menos si no hay tanto qué hacer..Pero siempre hay mucho qué hacer: acomodar los cojines del sofá que está en el lobby, tender las camas – y vaya que son pesados los colchones y vaya que la columna sufre para que el tendido quede lo mas impecable posible-; asear los baños; lavar y tender sábanas, manteles, servilletas y toallas; planchar tanto las sábanas, manteles, servilletas y toallas así como la ropa de la familia dueña del hotel (esta es la peor parte: no me hacen planchar la ropa interior por aquello que llama pudor); barrer y pasar coleto (fregar el piso) en las habitaciones, en los pasillos y en las escaleras; quitar el polvo; aspirar las alfombras; regar las plantas; limpiar los vidrios; el ascensor y todo aquello que se requiera (léase lo que le venga en gana a la esposa del dueño).

Hasta aquí cualquiera pudiera pensar, y con toda razón, que no hay nada del otro mundo en esta nada excitante, mas agotadora, faena diaria…Sin embargo, para mí fue toda una sorpresa encontrar que el primer piso y la mitad del segundo aloja a cerca de veinte viejitas (incluidas dos sexagenarias con depresión crónica), quienes estaban antes en el ancianato local, el cual permanece cerrado por remodelación. Confieso que los primeros días la experiencia fue nada agradable, especialmente desde el punto de vista olfativo. No es un secreto que el control de esfínteres deja de ser tal con el paso de los años y, por si fuera poco, estas señoras no se asean a diario…Pero pasados los días, bien porque el hedor se me ha hecho más tolerable (o menos intolerable) o porque las doñitas ya no pasan tanto tiempo sin bañarse, la interacción con ellas -con algunas más que con otras- ha resultado ser lo más agradable del día. Hay tres abuelitas -esto es un decir, porque algunas ni se casaron- en particular que me encantan: Anna, quien siempre me ofrece caramelos y dulces; Iolanda, amable y educada; y Caterina, con dolor de cabeza casi perenne y esperando que se acabe la (su) función.

Y me gusta decir que el beso, el abrazo o las pocas palabras, en mi deficiente italiano, que les doy es un modo de brindarles un poco de amor y de atención; pero en realidad soy yo la que quiere ser abrazada, besada, acariciada, vista con ojos de cariño y escuchar también palabras dulces. Soy yo quien se siente feliz cada vez que las llamo por su nombre -por supuesto que no sé el nombre de todas- o que digo ‘Buongiorno, nonnine‘ (‘buenos días, abuelitas’); soy yo quien se siente satisfecha al saber que hablan bien de mí: la semana pasada tomé dos días de permiso y ellas me echaron de menos. So yo quien se siente inmensamente feliz al reconectar con esa sensación de ser nieta, de ser un poco niña y ser testigo de que, cuando se trata de afecto, ni las diferencias de nacionalidad o generación son de importancia.

Pero que no se crea que este lugar es para quedarse, es una transición llegando a su fin…En cinco días, Dios mediante, estaré en un centro Hare Krishna, cerca de Florencia, trabajando como voluntaria. Y como a veces, la burla es la única tabla de salvación posible, ahora cuento las horas para dejar este ‘campo de concentración’, como le dice un amigo que trabaja aquí como camarero.

Estar en este hotel puede ser hasta ‘bonito’ si se tiene la dicha de ser huésped. Pero de lo contrario, es una experiencia desmoralizadora. Y no lo digo ya por mí, sino por quienes laboran aquí (y en tantos otros lugares) en condiciones no muy justas y sin muchas opciones. Para ellos se trata de trabajar, de soportar y de ahogar los suspiros, pensando que el esfuerzo (el sacrificio) les permitirá saborear los frutos en algún rincón distante de aquí…En ese sitio que llaman ‘casa’.

Comments: 1 reply added

  1. Pingback: Lecciones de la emigración | Senda y caminos

    […] de masa crítica, consumo responsable, agricultura alternativa y de energía sustentable, en el hotel del sur de Italia, donde temporalmente se alojaban las pacientes de un geriátrico, las viejitas hablaban de morirse […]

    Reply

Expresa tu opinión