Ayudar a inmigrantes: una mano lava a la otra y las dos lavan la cara

Una mano lava la otra...y las dos lavan la cara.
¿Quién ayuda a quién?
Carla y Karwan: una historia de ayuda recíproca

Viernes en la noche de un día feriado. La vida me sorprende con una cena inesperada en una zona de Roma, donde nunca había estado. Mis compañeros de mesa son Carla, una italiana de casi ochenta años, y Karwan, un iraquí de casi treinta. El menú sencilllísimo: papas con huevo, plato muy común en el país árabe, según él; y brocolís salteados. Nada digno de ni de un octavo de estrella Michelín, aunque sí de agradecimiento y de reflexión.

Reflexión sobre ‘el azar’ de la vida que hace que tres personas totalmente distintas se crucen. Porque Carla y Karwan se conocieron por asuntos del corazón. El corazón de Carla que se abría para ayudar a inmigrantes, especialmente aquellos en condición de vulnerabilidad; y el de Karwan, que se abría para dar y recibir afecto. Lejano de su familia, de la que no tenía noticias desde hace casi dos años, a causa de la guerra en su país de origen, buscaba (y necesitaba) amigos. Karwan y yo no conocimos en mi antiguo empleo (sobre el que hablaré en una entrada futura).

Él conoció a Carla a través de Adriana, una venezolana, ingeniera, que se fue del país hace unos dos años. Ellas dos se conocieron en una iglesia, donde un grupo de voluntarios enseñan el italiano y dan comida y vestido a quienes lo necesitan. Y Karwan y Adriana se conocieron en la calle, en la parada del autobús y se hicieron amigos.

Ahora ellos, Adriana y Karwan, son buenos amigos y son también los nietos que Carla, no tuvo. Son los nietos y la familia, porque ella no tuvo hijos y su marido se murió hace muchos años. Son sus nietos y sus huéspedes, en un apartamento de tres habitaciones, un baño y una sala grande. Mucho espacio para una sola persona. Ellos son los nietos que se encargan de que ella tome sus medicinas, a la hora indicada, y que siga una dieta sana. ‘Auyama (calabaza), frutas, bajo en grasas, poca sal’, entre otras cosas, se leía, en perfecto español, en una hoja a rayas en la puerta de la nevera. Obviamente se trataba del puño y letra de Adriana.

Mientras comíamos, le dije a Carla que el suyo era un bonito gesto. Abrirle la puerta a desconocidos y, sobre todo, extranjeros. Mucho más en este momento cuando los medios hablan de ‘invasión’, los políticos promueven la xenofobia y la paranoia, y los italianos han olvidado que también ellos se vieron obligados a emigrar. Según el sitio emigrati.it, un censo oficial de 1995, hablaba de 58,5 millones de italianos en el exterior.  De ellos, ‘sólo’ 38,8 millones se encontraban en América Latina.

Elogié su generosidad, pero en realidad quería saber qué la motivó a hacerlo. Lacónicamente me respondió: ‘Si no lo hiciera no sería una verdadera cristiana’. Pensé, entonces, que ojalá muchos otros de sus compatriotas pensaran lo mismo. Ya no para abrir las puertas de su casa y ayudar a inmigrantes, pero al menos no para cerrar sus corazones y sus ojos.  Después la conversación cambió de rumbo. Ella terminó de comer y antes de regresar a ver televisión, me dijo que esperaba verme de nuevo. ‘Si un día tienes ganas de llorar, puedes venir y hacerlo aquí’. Agradecí su oferta y su sensibilidad. Ella siempre ha vivido en Roma, pero debe intuir que cuando estás lejos de tu país, tener un lugar donde dejar salir el dolor es algo que se aprecia. Y claro, espero verla de nuevo. No entre lágrimas, sino entre risas.

Ya después de cenar, cuando íbamos a la estación de metro, Karwan se encontró a una colombiana, de unos cuarenta años. También ella se dirigía a casa de Carla. No a dormir, pero sí a cenar. La despedida fue muy veloz. Él iba contrarreloj. Tenía que cruzar la ciudad, para ayudar a inmigrantes. Por al menos dos horas, estaría allí, como voluntario, repartiendo platos de comida y cortándole el cabello, gratuitamente, a quien lo necesitara. Porque Karwan es estilista y trabaja como tal en una buena zona de Roma.

Por eso nos encontramos la tarde-noche del viernes: para que me cortara las puntas y me depilara las cejas. Unos van por lana y salen trasquilados. Yo fui por un corte de pelo y salí con muchas historias y llena de gratitud.

Comments: 1 reply added

  1. Fransiska February 21, 2018 Reply

    C'è qualcosa di fluido e soave in queste parole, espressione di sentimenti tra loro diversi e contrastanti, cucite tra loro da mano autentica e abile nel creare un sottile e perfetto equilibrio. Grazie!

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