Encuentros cercanos del primer tipo

Por muy cliché que parezca 'todos somos uno'

Un martes en la mañana. Un aula cualquiera de una escuela pública en las afuera de Roma. Unos cuarenta muchachitos de entre 12 y 13 años prestando la mayor atención posible, para su edad, a mi relato. Miradas curiosas, risas y cuchicheo. ¡¡Shh!!, ¡silencio, por favor! y todas esas cosas antipáticas que, usualmente, surten efecto por poco tiempo.

A este grupo lo conocí gracias a un programa de sensibilización sobre la inmigración, que se lleva a cabo entre alumnos de secundaria. Según Francesca, la coordinadora del proyecto, fue un encuentro afortunado.Y así lo creo. Con sus hormonas a millón y pese al estómago haciendo de las suyas, visto que era casi mediodía, ellos me dieron un regalo hermoso: me escucharon empáticamente y hasta me dieron algunas ideas.

Sin embargo, hablarles de mi experiencia como inmigrante y de la situación de Venezuela no fue sencillo. En realidad, nunca lo es. Sin importar la audiencia. En apenas una hora tenía que explicarles la situación actual: la ‘dictadura soft’ (torpe eufemismo para decir que el régimen es menos terrible del que hay en Corea del Norte, Irak, Congo, Eritrea, Somalia, y Sudán, por mencionar sólo algunos), del deterioro de la calidad de vida, de los millones de personas que han huido en los últimos años; del lobby que el gobierno ha hecho (y continua a hacer) para manipular la opinión internacional, así como lo hicieron en la Expo 2015, en Milano… Sin embargo, no todas las referencias fuero desoladoras.

Podemos ir a la playa cualquier día del año…si no llueve, claro está; tenemos un mar hermoso: el Caribe; empezamos a bailar incluso antes de aprender a hablar o a caminar; somos gente calurosa y receptiva, entre otras cosas que, so riesgo de parecer clichés, son parte del ADN cultural de todo aquel que haya crecido y/o nacido en suelo venezolano; y que sólo pueden apreciarse cuando se está en el exilio.

Ellos preguntaron a más no poder…y lo hicieron sin tapujos. Algunos me trataron de usted, incluso después de decirles que podían tutearme. ‘¿Estás casada?’, ‘¿qué comida extrañas?’, ‘¿qué costumbre venezolana te gustaría que hubiese en la cultura italiana?’, ¿si pudieras pedir tres deseos, cuáles serían?, ¿le tienes miedo al terrorismo?’, ¿te han discriminado por tu color?’, ¿qué opinas de Trump?’, ‘¿eres católica?’, ‘¿trabajas?’, ‘¿estás en comunicación con tu familia?’,‘¿cómo era tu vida en Venezuela?’, ‘¿te has sentido acogida en Italia?’, ‘¿te gusta vivir aquí?’, ‘¿por qué Italia?’, ‘¿qué ropa usabas para ir a fiestas en Venezuela?’, ‘¿qué representan los colores de tu bandera?’, ‘¿has tenido algún novio italiano?’, ¿crees que falte mucho para que todo cambie en tu país’, ¿qué estás haciendo para ayudar a resolver la situación en Venezuela’? –está última interrogante fue la que más me movió–, etcétera.

Una sarta de preguntas. Y yo, más acostumbrada a preguntar que a ser entrevistada, estaba allí, buscando el modo (más) apropiado para responderle a Matteo, a Sara, a Stefano, a Gabriele, a Daniella y los demás. Y hacerlo con naturalidad (la formalidad no se me da bien) y sin endulzar la píldora; mas sin olvidar tampoco que hasta ayer eran niños y que para ciertos temas, como la ablación genital, –de la cual son víctimas (no se me ocurre otro término más adecuado) muchas mujeres en África–, no estaban listos todavía.

Al final, cinco chamitas se me acercaron para preguntarme si podían estrecharme la mano.  ‘Claro, aunque un abrazo es mejor’, les dije. Y las abracé, una a una, sintiendo no solo ternura porque, dada la diferencia de edad, yo podría ser su mamá; sino porque en aquel momento éramos solamente seres humanos. Poco importaba si los políticos de turno dicen que los inmigrantes extracomunitarios (no europeos) vienen a robarle el empleo a los italianos; si según las malas lenguas las mujeres latinoamericanas son ‘fáciles’ o tantísimas otras sandeces. Al final, me sentí contenta. Como me dijo Francesca: ‘Si al menos uno de ellos se queda con una reflexión o dice “no es justo que sea así”, podemos darnos por pagados’… Y esa satisfacción no tiene precio.

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