El viejo (verde) y el mar…crónicas de acoso sexual en el mar*

'Capitán baboso' , experto en acoso sexual, en un momento de ocio

Ya yo sabía que no debía ir. Me lo había dicho mi corazón. Sin embargo, la mente encontró el modo de hacerme la idea ‘atractiva’. Eran sólo ardides, tipo promesas electorales, relacionadas todas con el ego y también con el bolsillo. Al final, un poco reticente y contenta a la vez, me fui a vivir la nueva ‘aventura’: Trabajar como anfitriona/camarera en un yate de alquiler. Se trataba de una embarcación de 53 pies (16.15 metros), con dos cabinas (una matrimonial con el baño adentro y una más pequeña con dos literas), un baño en el área de la sala/cocina y una cabina incomodísima para la tripulación…En este caso el capitán y yo. Este capitán, quien ha recorrido muchos mares, -incluidas las principales islas venezolanas- y a quien de ahora adelante llamaremos ‘Capitán Baboso’, virtuoso del acoso sexual.

Y hay que decir de entrada que este Capitán Baboso, quien me llamó a las 10:40 pm de un martes, para que empezara a trabajar el día siguiente (miércoles), buscaba alguien para mantener la barca limpia, ayudarlo a cocinar (lo que incluye arreglar la mesa, retirar los platos y lavarlos), hacer que los huéspedes se sintieran como reyes y también para satisfacer sus demandas de ‘afecto/cercanía’. Esto último lo ignoraba por completo. El ‘trabajo principal’, el relativo a la barca, tenía lugar desde las 7 a.m. hasta poco después de las 10:30 p.m. Los italianos, en su mayoría, tienen la costumbre de cenar tarde; por eso, a las 10 p.m. yo estaba todavía entregada a la tarea de poner en orden la cocinita. El ‘trabajo secundario’, ése que no tuvo lugar, imagino que sería a demanda de ‘Capitán Baboso’ y siempre que no hubiese gente alrededor.

Una vez que mis alarmas se habían disparado no podía ignorarlas. Esta vez no podía hacer como si nada, como ya había hecho antes con la voz del corazón. Mis miedos eran fundados. Por eso, con la mayor amabilidad posible, en más de una ocasión, le dije que sus demostraciones de ‘afecto’ me resultaban muy incómodas. En realidad, hubiera querido decirle ¡’Me das asco, viejo baboso…y si me abrazas de nuevo, te daré un par de patadas en los testículos!’.

Afortunadamente, no estábamos solos en el barco. En esta primera ocasión vinieron los dueños (en realidad el dueño y su pareja: una mujer más joven que él y con senos operados) y unos amigos suyos (un hombre y una mujer sin nexos afectivos). La intención era disfrutar el servicio que recién habían iniciado a ofrecer (viajes hacia las islas italianas con todo incluido: hospedaje, comida, bebidas y el transporte…obviamente) y ver qué mejoras podían hacerse.  No obstante, sin conocer a ninguno (al ‘Capitán Baboso’ lo había apenas conocido dos días antes) no era fácil plantear la cuestión…sobre todo porque los eufemismos poco habrían valido para decir: ‘Este señor me está acosando sexualmente’…Según uno de mis hermanos, a quien había contactado vía Whatsapp, decir acoso sexual hubiera equivalido a decirle al propietario que no sabe elegir el(su) personal. ¡¡Qué insensatez la mía!! Porque, claro, una persona vive una situación de acoso sexual y, encima, debe tener en consideración la sensibilidad del dador de empleo. ¿¿¡¡¡En qué mundo vivimos!!!??

Atardecer en Palmarola bien vale una pausa

De más está decir que, hasta el momento cuando los ‘huéspedes’ estuvieron a bordo tenía pocas ‘pruebas’…Un par de abrazos fuera de lugar, lejanos de ser una demostración de cariño genuino…y que me hacían sentir repugnancia; y la exhibición de su desnudez, cuando se ponía el traje de baño. Esto no fue un gesto ni inocente ni irreverente. Fue un modo de marcar territorio…y de probar los límites. Mas como si se tratara de un niño insolente (en este caso uno de 56 años y que podía ser mi papá), yo pretendí que no había pasado nada, para no sobredimensionar las cosas, porque al final un pene flácido es nada de otro mundo. No obstante, yo nunca había estado en una situación similar, por lo que no tenía un punto de referencia ni idea de qué hacer.

Al regresar a tierra firme, una vez que los huéspedes se habían ido, Capitán Baboso se atrevió a ir un poco más allá. Esta vez mi reacción instintiva fue retorcerle una tetilla y decirle: ¡¡¿Qué haces?!!’. Y una vez más mi ángel de la guardia me cuidó: Él se pasó a la cabina pequeña dentro del barco (yo me quedé en la de la tripulación) y no me fastidió durante la noche. Imagino que no intentó nada, porque estaría cansado (yo estaba agotada); porque era más que evidente que yo no estaba por la labor (sexual) y porque, estando en tierra firme, sobrepasarse era arriesgarse a que yo hubiese ido a la policía a denunciarlo.

El día siguiente, justo cuando yo había ya pensado en todas las excusas para renunciar, él se me adelantó. Me dijo que ellos necesitaban a una persona con más experiencia (‘¡alivio!, ¡yupi yeah!)…Aquél sería mi último día a bordo. Y no obstante su comportamiento, tuvo el caradurismo de sermonearme: ‘Te has italianizado, porque ustedes las venezolanas son mujeres de sangre caliente…Pero tú no, eres seria y fría…y te comportas como una niña, quien no entiende que a veces un hombre, lejos de su familia (dos ex esposas y siete hijos), puede sentirse solo y necesitar afecto…Y si uno te busca no es por nada malo. Es sólo necesidad de afecto’. Yo me limitaba a escuchar y a encogerme de hombros, mientras que esperaba que Capitán Baboso me pagara y ya. A un personaje como este, ¿qué podía decirle? Nada le hubiera importado. Mucho menos ahora que la persona que vendría en mi lugar, una italiana, era una marinera ducha y como un plus estaba dispuesta a ‘recibir’ y  a’dar cariño’. ‘Questa qua mi la scoppo, perché é stata la mia fidanzata’ (A esta aquí me la cojo, porque ella ha sido mi novia). A lo que respondí: ‘Non sapevo che il lavoro fosse per fare la scopatricce‘ (yo no sabía que el empleo era para hacer la cogedora/tiradora).

Al bajarme del barco, sólo podía sentir felicidad. Estaba segura. Tenía algunos euros de más y una historia que debía contar. No para gozar de protagonismo ni de compasión, sino porque era un modo de canalizar la rabia que sentí, al ver que este troglodita pensaba que, por el hecho de ser venezolana, yo era ‘material para fines recreativos’. No diré indignación. Lo que siento es lástima, al ver su bajeza como ser humano. Es cierto que también me inquieta (aunque no me quita el sueño) corroborar que existen estas generalizaciones erradas acerca de la mujer latinoamericana. Como si latina fuese sinónimo de ‘fácil’, ‘cachonda’, ‘puta’.

Pero, en honor a la verdad, Capitán Baboso hubiera mostrado su baja calaña lo mismo con una polaca que con una española, una griega, una china o una marciana. Porque Capitán Baboso se sentía con derecho a irrespetarme porque él es hombre…y yo mujer. Y aquí no se trata de guerra de sexos. Es más bien ratificar que vivimos en una sociedad machista. Por eso, a quienes les contaba la experiencia (para no ser cómplice con mi silencio), la cosa les parecía ‘normal’…un poco de esperarse. Y yo me pregunto, ¿cómo carajo una conducta tan inapropriada ha sido ‘normalizada’? Y no se trata sólo del mundo naval. Una conocida, apenas esta mañana, me contaba que había dejado de trabajar como restauradora de arte cuando se dio cuenta que los anticuaristas estaban más interesados en meterle mano, a ella, que a las antigüedades.

Respecto a mí, tengo todavía muchas reflexiones que hacer…Y sin ánimos de hacer mea colpa, la próxima vez, le prestaré atención a la voz de mi corazón; porque como dice un proverbio africano: ‘Sólo un tonto mete los dos pies en el agua para ver su profundidad‘…

*Esta entrada tiene contenido explícito…Machistas, pudoros@s y gente de doble moral puede resultar afectada…¡Y no me importa!

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